Mientras este decreto estaba en vigencia, les nació un hijo a Ainram y Jocabed, israelitas devotos de la tribu de Levi. El niño era hermoso, y los padres, creyendo que el tiempo de la liberación de Israel se acercaba y que Dios iba a suscitar un libertador para su pueblo, decidieron que el niño no fuera sacrificado. La fe en Dios fortaleció sus corazones, y “no temieron el mandamiento del rey”.
La madre logró ocultar al niño durante tres meses. Entonces viendo que ya no podía esconderlo con seguridad, preparó una arquilla de juncos, la impermeabilizó con pez y betún, y colocando al niño en ella, la depositó en un carrizal de la orilla del río. No se atrevió a permanecer allí para cuidarla ella misma, por temor a que se perdiera tanto la vida del niño como la suya, pero María, la hermana del niño, quedó allí cerca, aparentando indiferencia, pero vigilando ansiosamente para ver qué sería de su hermanito. Y había otros observadores. Las fervorosas oraciones de la madre habían confiado a su hijo al cuidado de Dios; e invisibles ángeles vigilaban la humilde cuna. Ellos dirigieron a la hija de Faraón hacia aquel sitio. La arquilla llamó su atención, y cuando vio al hermoso niño una sola mirada le bastó para leer su historia. Las lágrimas del pequeño despertaron su compasión, y sus simpatías se conmovieron al pensar en la madre desconocida que había apelado a este medio para preservar la vida de su precioso hijo. Decidió salvarlo adoptándole como hijo suyo (Historia de los patriarcas y profetas, p. 248).
Dios había oído las oraciones de la madre; su fe fue premiada. Con profunda gratitud emprendió su tarea, que ahora no entrañaba peligro. Aprovechó fiel mente la oportunidad de educar a su hijo para Dios. Estaba segura de que había sido preservado para una gran obra, y sabía que pronto debería entregarlo a su madre adoptiva, y se vería rodeado de influencias que tenderían a apartarlo de Dios. Todo esto la hizo más diligente y cuidadosa en su instrucción que en la de sus otros hijos. Trató de inculcarle la reverencia a Dios y el amor a la verdad y a la justicia, y oró fervorosamente que fuese preservado de toda influencia corruptora. Le mostró la insensatez y el pecado de la idolatría, y desde muy temprana edad le enseñó a postrarse y orar al Dios viviente, el único que podía oírte y ayudarle en toda emergencia.
La madre retuvo a Moisés tanto tiempo como pudo, pero se vio obligada a entregarlo cuando tenía como doce años de edad. De su humilde cabaña fue llevado al palacio real, y la hija de Faraón lo prohijó. Pero en Moisés no se borraron las impresiones que había recibido en su niñez. No podía olvidar las lecciones que aprendió junto a su madre. Le fueron un escudo contra el orgullo, la incredulidad y los vicios que florecían en medio del esplendor de la corte (Historia de los patriarcas v profetas, p. 249).
Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
3er. Trimestre 2025 «EL EXODO: VIAJE A LA TIERRA PROMETIDA»
Lección 1: «OPRESIÓN: EL TRASFONDO Y EL NACIMIENTO DE MOISÉS»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Karla González
