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«Se puso a pensar: “¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! Regresaré a casa de mi padre»» (Lucas 15: 17, 18).

Los planes avanzaron y Jenny fue aceptando, muy a su pesar, el hecho de que Sugar no los acompañaría. Cuando llegó el día de la mudanza, Jenny entregó a Sugar a la vecina. La vecina garantizó que cuidaría a Sugar el resto de su vida. Jenny apretó su cara contra la ventanilla del automóvil y sollozó.
—No te preocupes, mi vida—intentó tranquilizarla su padre mientras la vecina y Sugar desaparecían de su vista—. Te compraremos otro gato en Oklahoma.
—Pero ese gato no será Sugar —lamentó Jenny.
A medida que avanzaban los kilómetros, Jenny dejó la tristeza a un lado para empezar a entusiasmarse con la ¡dea de llegar a su nuevo hogar. La granja tenía todo lo que había soñado. Le encantaban su habitación, su escuela y sus nuevos amigos. Su felicidad era plena hasta que, un mes después, su madre recibió una carta de la antigua vecina: Sugar se había escapado y no había regresado.
Trece semanas después, la madre de Jenny barría el porche de la casa cuando una bola de color dorado que le resultó familiar saltó a sus brazos. ¡Era Sugar! ¡Había recorrido cerca de 2,400 kilómetros para regresar a casa! Nadie sabía cómo lo había logrado. A pesar de que su cadera estaba muy perjudicada, no había duda de que era Sugar. Sabía dónde estaba su hogar, dónde estaba su familia y dónde estaba el amor.
El hijo pródigo sabía dónde estaba su hogar y dónde podía encontrar el amor: en casa junto a su padre. En ocasiones, tú y yo sentimos que estamos muy lejos de nuestro hogar pero, a diferencia del gato, somos nosotros quienes nos hemos alejado. Aun así, al igual que el hijo pródigo y Sugar, sabemos cómo encontrar el camino de vuelta a casa junto a Dios y su amor.
Tomado de: Lecturas devocionales para Menores 2014 “En la cima” Por: Kay D. Rizzo