«¿Qué es el hombre para que en él pienses? Lo hiciste poco menor que los ángeles y lo coronaste de gloria y de honra»
Salmo 8: 4, 5.
Ese día me tocaba la prueba práctica del tercer semestre de la carrera de Enfermería. Formamos parejas para que cada uno le pusiera las inyecciones de suero fisiológico a un compañero. Con diecinueve años y vestida de blanco de los pies a la cabeza, hice toda la preparación, pero estaba muy nerviosa ante la idea de ponerle mal una inyección a alguien. Entonces, la docente se me acercó, me preguntó por qué temblaba y me insinuó: «Deberías pensar si realmente quieres ser enfermera. Quizá deberías estudiar otra cosa». Yo realmente deseaba ser enfermera y era además una alumna disciplinada que sacaba buenas notas, por eso no entendí su sugerencia. Puse las inyecciones y salí del laboratorio llorando para nunca más regresar. Permití que la opinión de una persona destruyera mi sueño de ser enfermera.
Fui la responsable del desenlace de esta historia. Si hubiera tenido una autoestima asertiva, jamás habría abandonado el camino que había elegido; no me habría permitido a mí misma creerme esa etiqueta de «incapaz», por muy cierto que fuera el hecho de que estaba absolutamente nerviosa en aquella prueba.
Nuestros verdugos no son los únicos responsables de nuestros fracasos; nuestra propia autoestima también colabora. Nuestra autoestima también es responsable de nuestra forma de reaccionar ante las contrariedades; condiciona cómo damos y recibimos amor; está en la base de nuestras actitudes en las relaciones interpersonales, de las decisiones constructivas o destructivas que tomamos y del filtro que empleamos para elegir a las personas que queremos cerca de nosotros. La baja autoestima explica nuestra dificultad para poner límites, así como nuestro descontento e infelicidad.
La autoestima o amor propio se forma a partir de la satisfacción de nuestras necesidades cuando somos niños; sobre todo de las necesidades de recibir amor y atención, sentirnos aceptados y valorados, sabernos con un propósito; sentirnos seguros y conectados con los demás. Los niños que reciben críticas, rechazo, falta de límites para aprender a lidiar con la frustración y sufren pérdidas pueden ver comprometido su desarrollo emocional en la etapa adulta.
Cuando el mandamiento nos dice que amemos al prójimo como a nosotros mismos, deja claro que primero necesitamos aprender a amarnos a nosotros mismos. ¿Cuánto aprecio tienes por ti misma? No permitas que una baja autoestima corroa tus sueños, te impida darte cuenta de tu verdadero valor y determine tu fracaso. Aprende a amar a quien Jesús tanto ama y por quien llegó a dar su vida: tú.
Lecturas Devocionales para Damas 2026
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Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Silvia García F.
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