«Señor, líbrame de los labios mentirosos y de la lengua embustera» (Salmo 120:2).
Un día, Axel, de once años, se quedó en el aula a la hora del recreo. Cuando estaba solo, buscó en la mochila de su amigo David el juego electrónico con el que jugaban después de la escuela. ¡Allí estaba! Lo agarró y se puso a jugar.
Cuando ganó la primera partida, Axel saltó de la emoción, levantando los brazos de tal manera que el juego se le cayó. Al recogerlo, vio que la pantalla estaba rota. Intentó entenderlo, pero no encendió. Axel se dio cuenta de que acababa de romper el juego electrónico de su amigo. Al rato, los demás niños volvieron del recreo, pero ninguno se dio cuenta de lo sucedido, pues Axel había vuelto a guardar el juego en la mochila de David, como si nada hubiera pasado.
Al salir de la escuela, David llamó a Axel: «Ven, vamos a jugar». Sentados en el piso, David descubrió con horror que alguien había roto su juego. Sin embargo, Axel nunca le dijo que había sido él. ¿Crees que eso está bien? ¿Qué hubiera debido hacer Axel?
A veces, las mentiras no tienen consecuencias inmediatas porque los demás no se enteran de lo que sucedió. Pero Jesús lo sabe, y que mintamos le desagrada mucho. El héroe dice la verdad.