Los magos parecieron realizar con sus encantamientos varias cosas similares a las que Dios había efectuado por medio de Moisés y Aarón. En realidad, no hicieron que sus varas se convirtieran en serpientes, sino que por su magia, ayudados por el gran engañador, hicieron que parecieran como serpientes para falsificar la obra de Dios. Satanás ayudó a sus siervos para que resistieran contra la obra del Altísimo, a fin de engañar a la gente y animarla en su rebelión. Faraón quería aferrarse de la más leve evidencia que pudiera obtener para justificarse al resistir la obra de Dios realizada por Moisés y Aarón. Dijo a esos siervos de Dios que sus magos podían hacer todas esas maravillas. La diferencia entre la obra de Dios y la de los magos consistían en que una era de Dios y la otra de Satanás. Una era verdadera y la otra falsa [Spiritual Gifts, t. 3, pp. 205, 206; parcialmente en Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 1, p. 1114).
Los ancianos de Israel trataron de sostener la desfalleciente fe de sus hermanos, repitiéndoles las promesas hechas a sus padres, y las palabras proféticas con que, antes de su muerte, José predijo la liberación de su pueblo de Egipto. Algunos escucharon y creyeron. Otros, mirando las circunstancias que los rodeaban, se negaron a tener esperanza. Los egipcios, al saber lo que pasaba entre sus siervos, se mofaron de sus esperanzas y desdeñosamente negaron el poder de su Dios. Les señalaron su situación de pueblo esclavo, y dijeron burlonamente: “Si vuestro Dios es justo y misericordioso y posee más poder que los dioses de Egipto, ¿por qué no os libra?” Los egipcios se jactaban de su propia situación. Adoraban deidades que los israelitas llamaban dioses falsos, y no obstante eran una nación rica y poderosa. Afirmaban que sus dioses los habían bendecido con prosperidad, y les habían dado a los israelitas como siervos, y se vanagloriaban de su poder de oprimir y destruir a los adoradores de Jehová. Faraón mismo se jactó de que el Dios de los hebreos no podía librarlos de su mano.
Tales palabras destruyeron las esperanzas de muchos israelitas. Les parecía que su caso era como lo presentaban los egipcios. Es verdad que eran esclavos, y habían de sufrir todo lo que sus crueles comisarios quisieran imponerles. Sus hijos habían sido apresados y muertos, y la vida misma les era una carga. No obstante, adoraban al Dios del cielo. Si Jehová estuviese sobre todos los otros dioses, ciertamente no permitiría que fueran siervos de los idólatras. Pero los que eran fieles comprendieron que por haberse apartado Israel de Dios, y por su inclinación a casarse con idólatras y dejarse llevar a la idolatría, el Señor había permitido que llegaran a ser esclavos; y confiadamente aseguraron a sus hermanos que Dios pronto rompería el yugo del opresor (Historia de los patriarcas y profetas, pp. 265, 266).
Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
3er. Trimestre 2025 «EL EXODO: VIAJE A LA TIERRA PROMETIDA»
Lección 4: «LAS PLAGAS»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Karla González
