domingo , 19 abril 2026
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Las Bellas Historias de la Biblia

CUARTA PARTE – HISTORIA 08: SANGRE EN SUS DEDOS

CUANDO oscureció esa noche, todo el tabernáculo resplandecía, corno si estuviera incendiado. Y durante el día, estaba cubierto por una nube. «La nube del Señor reposaba sobre el santuario durante el día, pero durante la noche había fuego en la nube, a la vista de todo el pueblo de Israel».

Debe haber sido reconfortante para alguien en el campamento, que se sentía triste o solitario, tal vez a medianoche, recibir ánimo y seguridad al mirar hacia el tabernáculo y ver la luz amigable que resplandecía en él. Ellos sabían que Dios los acompañaba. En las noches más cerradas, el desierto nunca estaba muy oscuro.

Durante las semanas siguientes ocurrieron algunos incidentes interesantes. En primer lugar, se celebró la importante ceremonia en la que Aarón y sus hijos fueron consagrados como sacerdotes del santuario. Se les pidió a todos que fueran a contemplar lo que sucedería, dado que sería algo muy importante.

Ese día había una impresionante multitud reunida alrededor del tabernáculo. No puedo comprender cómo todos los miles de israelitas pudieron observar bien la ceremonia. Tal vez algunos subieron a las colinas de los alrededores. Pero de una cosa estoy seguro, y es que los niños y las niñas se acercaron tanto como pudieron a la primera fila. ¿Y qué vieron?

Primero de todo, observaron que seis personas se acercaban a la entrada del tabernáculo. En el centro estaba Moisés. Frente a él se hallaban en pie Aarón y sus cuatro hijos: Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar. Llamaba la atención de todos, por supuesto, el hecho de que Aarón y sus hijos estaban vestidos solo con pantalones cortos de lino, que les llegaban de la cintura a los muslos.

—¿Qué va a pasar ahora? —se preguntaban todos.

Vieron entonces que Moisés tomaba agua de una fuente que se hallaba en el atrio y comenzaba a lavarlos. Primero a Aarón, después a Nadab, a Abiú, a Eleazar, y a Itamar.

—¿Por qué está haciendo eso? —preguntaron los niños a sus padres, y estos les contestaron: —Porque los cinco van a ministrar ante Dios en el santuario, por eso deben estar limpios y puros por dentro y por fuera.

Luego, Moisés comenzó a vestir a Aarón con las vestiduras que habían sido preparadas de antemano. Desde lejos parecían muy hermosas, porque eran de color azul, púrpura, carmesí y oro, igual que los cortinados del santuario. El azul servía para recordarle a él y al pueblo la perfección de Dios, revelada en su santa ley. El carmesí era el color del pecado, y el púrpura era el resultado de la combinación de los otros dos en la misericordia divina.

Sobre el pecho de Aarón, Moisés colocó un colorido pectoral, con doce piedras preciosas, en cada una de las cuales se hallaba inscrito el nombre de una de las tribus de Israel.

Luego, Moisés puso sobre los hombros de Aarón dos grandes piedras de ónice, engastadas en oro, sobre cada una de las cuales se habían grabado los nombres de seis tribus de Israel. De esta manera, se le recordaba al sumo sacerdote que debía llevar las cargas del pueblo siempre sobre sus hombros y sobre su corazón.

Cuando todas estas vestimentas y accesorios estuvieron en su lugar, Moisés puso una mitra sobre la cabeza de Aarón, que tenía una banda de oro puro al frente con la inscripción: «CONSAGRADO AL SEÑOR».

El resplandor de la banda de oro golpeada por el sol parecía enviar en todas direcciones las palabras de la inscripción; y ni un solo israelita, desde el menor hasta el mayor, tuvo dudas en cuanto a su significado. Aarón debía ser un hombre santo, un ejemplo de pureza ante todo el pueblo.

Sangre En Sus Dedos Mientras esta ceremonia se llevaba a cabo, Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar habían permanecido en pie observando lo que Moisés hacia con su padre. Por fin, sin embargo, le llegó a ellos también el turno de ponerse las vestiduras sagradas. Entonces Moisés, dirigiéndose sucesivamente a cada uno de los muchachos, les puso una túnica, un cinturón y una cinta para la cabeza. No eran como las de Aarón, por supuesto, pero aun así la Biblia dice que eran «para conferirles honra y dignidad».

Después de esto, Moisés hizo traer un becerro al lugar en que se encontraba el grupo. Aarón y sus hijos pusieron entonces sus manos sobre la cabeza del animal, corno símbolo de la confesión de sus pecados. Después, Moisés degolló el becerro y asperjó su sangre alrededor al altar.

Más tarde le trajeron un carnero y nuevamente Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del animal, y luego el carnero también fue muerto y se asperjó su sangre alrededor del altar.

Un segundo carnero, conocido con el nombre de «el carnero con que se les confirió autoridad», fue traído al atrio del tabernáculo. Una vez más los cinco pusieron sus manos sobre la cabeza del animal, como si estuvieran colocando sobre él sus pecados personales. Pero esta vez, en lugar de asperjar la sangre del carnero sobre el altar y a su alrededor, Moisés «se la untó a Aarón en el lóbulo de la oreja derecha, en el pulgar de la mano derecha y en el dedo gordo del pie derecho».

Luego «hizo que los hijos de Aarón se acercaran, y les untó sangre en el lóbulo de la oreja derecha, en el pulgar de la mano derecha y en el dedo gordo del pie derecho».

Los niños que observaban la escena deben haber pensado: «Qué cosa mas extraña está haciendo Moisés!» Pero, después de todo, no era algo tan raro.

La sangre en el lóbulo de la oreja significaba que no debían oír nada malo. Habían de conservar sus pensamientos puros, limpios y santos.

La sangre en el pulgar de la mano derecha significaba que debían emplear sus manos solo con propósitos nobles. Habían de consagrarse a hacer el bien, a ayudar a los pobres y necesitados, y a extender el reino de Dios.

La sangre en el pulgar del pie significaba que debían caminar por el sendero de la justicia. Habían de seguir las indicaciones de los mandamientos de Dios, sin desviarse para transitar por caminos por los que el Señor no deseaba que fueran.

En una palabra, esta ceremonia simbolizaba una completa consagración a Dios y a la obra santa que él les había encomendado. Nosotros también debiéramos entregarnos por entero al Señor, escuchando solo lo que Jesús desea, haciendo solo lo que él haría, y yendo solo donde él quiera llevarnos.

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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Norma Jeronimo & Miguel Miguel

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