«No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno» (Juan 17:15, NTV).

Durante el Sermón del Monte, Jesús dijo: «Ustedes son la sal de la tierra» (Mat. 5:13, NTV). En los tiempos de Jesús, la sal se usaba, entre otras cosas, para preservar la carne. Tanto la sal como el azúcar actúan como deshidratantes. Las bacterias que echan a perder los alimentos necesitan la humedad para desarrollarse y madurar. Por eso, si agregamos suficiente azúcar o sal, disminuimos considerablemente el riesgo de formación de patógenos. Sin embargo, sin importar cuán buena sea la calidad de la sal o del azúcar, si permanecen en el salero o en el azucarero nunca modificarán la comida.
A veces malinterpretamos la advertencia de Cristo: «Pero ¿para qué sirve la sal si ha perdido su sabor?» (Mat. 5:13, NTV). Creemos que significa que debemos aislarnos y separarnos completamente para mantener nuestra pureza. Sin embargo, si la sal no se mezcla con la comida, no le da sabor. El verdadero desafío es estar en el mundo, sin ser del mundo (Juan 17:15-18). ¡Tienes un deber y un rol que cumplir! Sin tu presencia y la de miles de otras mujeres, la mermelada se echará a perder. Deja de esconderte; permite que tu luz brille.
Señor, quiero vivir de tal manera que los demás puedan ver mi esperanza y contagiarse de mi alegría. Ayúdame a descubrir cuál es mi herencia espiritual y a conquistarla con audacia y fe. No voy a esconderme. Quiero aprovechar cada oportunidad para echarle al mundo una pizca de sal.
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Lecturas Devocionales para Damas 2022
“SIN MIEDOS NI CADENAS”
Por: VANESA PIZZUTO
Colaboradores: Rosalba Barbosa & Adriana Jiménez