«El Señor protege a la gente sencilla: estaba yo muy débil, y él me salvo- (Sal. 116: 6).»
Luces rojas y azules se reflejaban en mi espejo retrovisor. enviando un mensaje claro. ¡otra multa! Apreté los dientes, silbé y logré poner una sonrisa • cansada en mi rostro cuando el agente se acercó a mi auto para pedirme la licencia… que yo no encontraba. ¿Cómo podía haber sido tan tonta? Pero ahora no tenía sentido quejarse.
Algunos años atrás, un instructor de manejo me había insistido día y noche en que la multa por manejar sin licencia era de quinientos pesos, cinco puntos en tu expediente y/o un máximo de sesenta días en la cárcel. En mi caso, había dejado que la insensatez condujera; y ahora tenía que lidiar con las consecuencias. Para aminorar el estrés, apreté el volante con fuerza y comencé a maldecir. Pensé para mis adentros: ¿Por qué no me hizo parar algún otro día, cuando no estuviese tan apurada?
Entonces, comencé a murmurar suavemente: Supón que el agente me dejara libre, ¿qué haría de manera diferente la próxima vez, para evitar esta situación? Oh, ¡a quién le importa! Ahora nada importaba. El agente me golpeó suavemente la ventanilla. Bajé el cristal y, para mi sorpresa, tomé mi licencia para conducir de sus manos.
—¡Que tenga un buen día, señora! Maneje con cuidado.
—¿Qué? —mi sarcasmo se convirtió en gozo agradecido.
Rápidamente encendí el auto, sonreí y me dirigí a la autopista. Él me siguió, pero solo como guía. No tenía de qué preocuparme. Me habían bendecido. Este era mi día de suerte.
Dios nos permite vivir como queramos, sin nunca forzarnos a tomar decisiones. ¿Por qué? Él quiere que hagamos lo correcto por iniciativa propia y que veamos los beneficios de seguirlo a él. Así como yo me preocupé cuando me di cuenta de que me habían atrapado, lo mismo sucede en nuestra vida espiritual. No pensamos en la manera en que una sanción cambiaría nuestras circunstancias, hasta que es demasiado tarde y tenemos que enfrentar las consecuencias.
De hecho, a veces, en nuestro mundo acelerado, el cielo ni siquiera parece real, así que continuamos tomando riesgos ciegamente, como si pudiéramos vivir para siempre sin consecuencias. Pero algún día llegará el momento de rendir cuentas. Gracias a Dios, porque Jesús nos ha dado un nuevo comienzo. Vivamos de manera piadosa, amante y preparada para que cuando él regrese no nos sorprendamos.
HILARY E. DALV
es inglesa y vive en EE. UU., donde es profesora de Ciencias.
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Damas 2018
“Bendecida
