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«Asi es nuestro Dios por toda la eternidad. ¡Él es nuestro guía eternamente!» (Salmo 48: 14).

Poco después de que iniciara el vuelo, la niña sintió sueño. Cuando se aseguró de que la luz roja se había apagado, Amy se desabrochó el cinturón, se acurrucó haciéndose una bolita y se quedó dormida.
A mitad de camino, cuando sobrevolaban el océano Atlántico, se desató una violenta tormenta. El avión daba tumbos como una cometa al viento. Se veían relámpagos por todas partes. Rápidamente, Sue y los demás auxiliares de vuelo tranquilizaron a los nérviosos pasajeros garantizándoles que todo saldría bien. El capitán anunció que habría más turbulencias, y pidió a los auxiliares de vuelo que se sentaran en sus asientos. Sue se acordó de la hija del capitán. La niña estaba durmiendo la última vez que había pasado junto a su asiento. Quizás Amy se había desabrochado el cinturón. Cuando Sue llegó al asiento de la niña, Amy todavía estaba dormida. La correa del cinturón colgaba por uno de los lados del asiento. La auxiliar despertó a la niña para volver a abrocharle el cinturón. En ese momento, un enorme relámpago cayó justo al lado de la ventana de Amy. La niña dio un salto.
—¿Estás bien? —le preguntó la auxiliar—. ¿Estás asustada?
Amy miró a la mujer, que estaba visiblemente preocupada.
—¿Es mi papá quien pilota el avión?
La auxiliar asintió con la cabeza.
—¡Bien! —dijo la niña. Sonrió, cerró los ojos y se volvió a dormir. Amy confiaba ciegamente en su padre.
Si, al igual que Amy, tú y yo confiamos en nuestro Padre celestial completamente, tampoco sentiremos miedo.
Tomado de:
Lecturas devocionales para Menores 2014
“En la cima”
Por: Kay D. Rizzo