Desde el mar Rojo, las huestes de Israel reanudaron la marcha guiadas otra vez por la columna de nube. El panorama que los rodeaba era de lo más lúgubre: estériles y desoladas montañas, áridas llanuras, y el mar que se extendía a lo lejos, con sus riberas cubiertas de los cuerpos de sus enemigos. No obstante, estaban llenos de regocijo porque se sabían libres, y todo pensamiento de descontento se había acallado.
Pero durante tres días de marcha no pudieron encontrar agua. La provisión que habían traído estaba agotada. No había nada que apagara la sed abrasadora mientras avanzaban lenta y penosamente a través de las llanuras calcinadas por el sol. Moisés, que conocía esa región, sabía lo que los demás ignoraban, que en Mara, el lugar más cercano donde hallarían fuentes, el agua no era apta para beber. Con gran ansiedad observaba la nube guiadora. Con el corazón desfalleciente oyó el regocijado grito: “¡Agua, agua!” que resonaba por todas las filas. Los hombres, las mujeres y los niños con alegre prisa se agolparon alrededor de la fuente, cuando, he aquí, un grito de angustia salió de la hueste. El agua era amarga (Historia de los patriarcas y profetas, p. 296).
Pronto la fe de ellos fue probada. El Señor descubriría hasta qué punto podía depender de su pueblo y si este le sería leal y fiel. Peregrinaron por tres días en el desierto y no encontraron una fuente de agua. “Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas”. Éxodo 15:23. ¿Demostró entonces el pueblo su fe en Dios, por la evidencia que habían recibido de que Cristo, envuelto en la nube, para que su gloria no los destruyera, los guiaba en persona? “Entonces el pueblo murmuró contra Moisés diciendo: ¿Qué hemos de beber?”. Vers. 24. En vez de confiar y temer al Señor, creyendo en él en medio de circunstancias aparentemente desalentadoras, proyectaron su reproche sobre su dirigente. Lo mismo ocurre con esta generación. La estructura de las tentaciones de Satanás es siempre la misma. Mientras todo marcha bien, la gente cree que tiene fe. Sin embargo, cuando sufren o sobrevienen desastres o reveses, se desaniman fácilmente. La fe que solo depende de las circunstancias, que únicamente se manifiesta cuando todo marcha bien, no es una fe genuina.
En medio de este problema, Moisés clamó al Señor. Esto es lo que los hijos de Israel, recientemente liberados, debieron haber hecho. El Señor escuchó el clamor de su siervo, contra quien el pueblo había dicho cosas tan amargas. “Y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron”. No era ninguna virtud contenida en el árbol la que transformó el agua amarga en dulce; era el poder de Uno que estaba envuelto en la columna de nube, Uno que puede hacer todas las cosas. “Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó; 26 y dijo: Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador”. Vers. 25, 26 (Letters and Manuscripts, t. 11, Carta 49a, 1896, párr. 3, 4; parcialmente en Cristo triunfante, 10 de abril, p. 109).
Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
3er. Trimestre 2025 «EL EXODO: VIAJE A LA TIERRA PROMETIDA»
Lección 7: «EL PAN Y EL AGUA DE VIDA»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Karla González
