Reprime tu llanto, las lágrimas de tus ojos, pues tus obras tendrán su recompensa. […] Se vislumbra esperanza en tu futuro (Jeremías 31: 16, 17).
Cierta mujer rica vivía con su esposo en una pequeña ciudad al sur de Sunem. Observaba con frecuencia el piadoso trabajo que el profeta Eliseo hacía mientras servía al pueblo. Y, como buenos hospedadores, lo invitaron a comer con ellos.
Reconociendo en Eliseo a un hombre de Dios, un día, la pareja construyó una habitación y la prepararon para que el profeta y su siervo tuvieran dónde pernoctar.
Muy agradecido por ese acto tan generoso, Eliseo quiso retribuirles la bondad. Al saber que la mujer no tenía hijos, le anunció que muy pronto tendría en brazos el fruto de su propio vientre. Y Dios le dio un hijo.
Pero, pocos años después, el hijo enfermó y murió en sus brazos. Con el corazón despedazado de dolor, la madre tomó al niño, lo acostó en la habitación del profeta, y fue a buscarlo.
Mientras iba a buscar al profeta, es posible que se preguntara: ¿Por qué el profeta me prometió un hijo si era para perderlo de esta manera? ¿Está siendo injusto Dios al permitir este terrible dolor? ¿En qué me equivoqué? Si el profeta pudo prometerme un hijo, ¿será que puede devolverlo a la vida?. Una vez frente al profeta, derramó su dolor e insistió para que fuera hasta donde estaba su hijo. Ansiosamente, esperó mientras el profeta oraba en la habitación donde yacía elniño.
Es imposible expresar la alegría de esa madre cuando fue llamada por Giezi para tomar nuevamente en brazos a su hijo sonriente.
¡Cuán doloroso es perder a un hijo! Pero esa madre consiguió ser resiliente, y no hizo un escándalo. Aún destrozada por el dolor, buscó a aquel en quien confiaba, aquel que tenía un contacto directo con el Dador de la vida. Y en su resignación obtuvo éxito.
¡Cuántas veces enfrentamos dolores, pérdidas y aflicciones! ¿A quién recurrimos? ¿Dónde está nuestra única esperanza? La historia de esta madre termina de la siguiente manera: Así fue recompensada la fe de esta mujer. Cristo, el gran Dador de la vida, le devolvió a su hijo. Así también serán recompensados sus fieles cuando, en ocasión de su venida, la muerte pierda su aguijón, y el sepulcro sea despojado de su victoria. Entonces devolverá el Señor a sus siervos los hijos que les fueron arrebatados por la muerte (Elena G. de White, Profetas y reyes, cap. 19, pág. 162).
¡Confía en Aquel que aseguró la victoria sobre la muerte!
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Tomado de la: Lectura Devocional para Damas 2026
“SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Esther Peláez
