Mis pensamientos no son los de ustedes ni sus caminos son los míos afirma el Señor (Isaías 55: 8).
Ese sábado subí al púlpito para participar de los momentos de intercesión. La iglesia oraría por mi amiga Rose y su esposo. Hacía algún tiempo había recibido el diagnóstico de una disfunción orgánica sin cura.
Antes de la oración, conteniendo la emoción, Rose tomó el micrófono y dijo a la congregación que sentía paz. Que lo que más deseaba era que el Espíritu Santo siguiera obrando en ella. Entonces nos sorprendió con las siguientes palabras:
No quiero hacer un trueque con Dios para recibir algunos años más de vida. Si no permite que sea curada, no importa, ya he recibido su paz. ¡Y tengo la seguridad de la vida eterna!.
¡Qué gran demostración de fe en aquello que Dios es, independientemente del desenlace temporal de los acontecimientos!
Infelizmente, muchas personas hoy buscan a Dios solo para recibir lo que desean y no para conocerlo realmente, someterse a sus planes, ser transformadas y esperar el cielo. Dan gran énfasis a las señales, a la sanidad, a los milagros y realidades semejantes, pero no dirigen su alabanza y su admiración a Cristo, a su persona y su obra, que es donde debe estar puesta nuestra mirada.
Negociar con Dios significa no entender que él es soberano, y que toda persona necesita someterse completamente a él.
Simón, el mago, les ofreció dinero a Pedro y a Juan a cambio del Espíritu Santo. Desprovisto de entendimiento, consideró esa dádiva solo como una demostración de poder sobrenatural, útil para su ocupación. Pedro lo reprendió duramente.
El nombre propio Simón dio origen al nombre común «simonía», que se refiere al intento de negociar con las cosas sagradas, incluyendo la venta de lo relacionado con cuestiones divinas. Dios concede sus bendiciones única y exclusivamente porque nos ama y quiere profundizar su relación con nosotros para salvarnos. Pero los falsos maestros dicen que debemos exigir a Dios lo que queremos, dándole así al ser humano una autoridad que no tiene y contrariando la verdadera enseñanza de que somos nosotros los que tenemos que someternos a la voluntad divina.
Debemos amar a Cristo, independientemente de las circunstancias. Debemos darle la gloria tanto cuando responde como queríamos como cuando nos dice no. Aceptemos su misericordia, gracia y soberana voluntad, las cuales nos llevarán al cielo.
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Tomado de la: Lectura Devocional para Damas 2026
“SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Esther Peláez
