Anoche [1 de diciembre] pasó por una gran experiencia. Me pareció estar en una reunión en la que había numerosas personas; muchos eran creyentes y algunos, incrédulos. En cierto momento los presentes se dividieron en varios grupos pequeños. Yo sentí una carga especial y había dirigido mis comentarios a unos pocos que estaban siendo tentados por el enemigo. Albergaban ideas que no eran correctas, y que los conducirían a negar la verdad. El tiempo en el cual vivimos es un período de gran tentación, en el cual existe el peligro de dar oído a sugerencias y sentimientos erróneos procedentes de espíritus seductores, de vincularnos con ángeles malos, y de presentar tales ideas como la verdad presente. Se manifestaba un profundo interés en el escudriñamiento de las Escrituras.
Sentí una necesidad especial de orar; el peligro en que se hallaban estas almas representaba un peso demasiado grande para mí. Derramé la carga de mi alma delante del Señor, intercediendo fervientemente para que Dios quebrantara el poder del enemigo y nos liberara, a fin de que las mentes de los amados que estaban siendo tentados fueran libradas y la verdad preciosa brillara en medio de las tinieblas morales. Presenté mi ruego al Señor para que viniera en ayuda de su pueblo y magnificara la verdad, a fin de que los desaprensivos no fueran engañados durante este período de gran peligro. Presenté delante del Señor nuestra gran necesidad: que fuera otorgada a su pueblo una ayuda especial, en armonía con la estabilidad de sus atributos [de Dios], para que obrara en nuestro favor y contestara nuestras oraciones para gloria de su propio nombre.
Me sentí como que me elevaba cada vez a mayores alturas. Intercedí ante Dios para que accediera a nuestras fervientes súplicas y permita que su verdad para este tiempo apareciera en toda su dignidad, su belleza y su gracia salvadora; que así como a menudo había dado a conocer su amor y su poder especiales, y había hecho que la verdad apareciera en toda su fuerza y autoridad, haría conocer otra vez su verdad clara y sagrada, sin mezcla de paja… Seguí intercediendo, y sintió que el Señor se había comprometido consigo mismo. Se produjo la victoria y desperté pregonando audiblemente, con gozo, que el Señor nos había manifestado su gracia, su verdad y su salvación. Por lo que comentaron los miembros de mi familia supe que mi oración había sido pronunciada en voz alta mientras dormía.
La preciosa bondad y el amor de Dios para mí me dieron consuelo, fortaleza y gozo. Sentí que se renovaban en mí la esperanza y el ánimo porque llegaría la liberación para las almas. La Palabra de Dios permanecerá eternamente y para siempre (Alza tus ojos, 2 de diciembre, p. 348).
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Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2026.
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Lección 10 «EL MINISTERIO CRISTIANO AUTÉNTICO»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Esther Jiménez
