«Levanto la vista hacia las montañas: ¿viene de allí mi ayuda?» (Salmo 121:1)
El Pico Paraná es el punto más alto del sur de Brasil. Con 1.877 metros de altura, su sendero para llegar a la cima no requiere técnicas de alpinismo profesional, pero sí representa un buen desafío para quienes desean vivir una aventura al aire libre.
Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que alcancé esa cumbre. A los 15 años, la energía y el entusiasmo de la juventud a veces llevan a tomar decisiones poco sabias.
La caminata de 15 kilómetros exigía pasar una noche en la montaña para descansar antes del tramo final. Estaba rodeado de buenos amigos, y nuestro guía ya había realizado esa ruta unas diez veces. Como líder experimentado, nos advirtió:
—Descansen. Mañana viene la parte difícil.
Pero ninguno le hizo caso. Conversamos y reímos hasta muy tarde, disfrutando del paisaje y de la compañía.
Cuando amaneció, mi cuerpo pedía a gritos varias horas más de sueño. Sin embargo, el guía abrió la carpa y nos puso en marcha. Con las mochilas al hombro, botas de senderismo, agua, lluvia y senderos embarrados, las siguientes horas se volvieron un verdadero desafío físico.
Cansado, empapado y cubierto de lodo, pedí una pausa. Entonces el guía se acercó y me dijo:
—Anoche debiste guardar la energía de tus conversaciones para usarla hoy en los músculos.
Aquella frase me enseñó una gran lección.
Tiempo después regresamos a la misma montaña. Esta vez aprendí la importancia del descanso y fui de los primeros en acostarme para estar listo para la subida.
Tener energía no significa ser invencible. Nuestro cuerpo necesita descanso, buena alimentación y hábitos saludables. Dios nos dio la capacidad de disfrutar la vida, pero también la responsabilidad de cuidarnos.
Escucha el consejo de quienes tienen experiencia. Descansa cuando sea necesario. Prepárate bien para cada desafío.
Dios tiene planeadas muchas aventuras para que tengas buenas historias que contar. Siempre con Jesús.
No hagas el ridículo a la mitad del camino
