«Aarón, los recibió y los fundió; luego cinceló el oro fundido e hizo un ídolo en forma de becerro. Entonces exclamó el pueblo: «Israel, ¡aquí tienes a sus dioses que te sacaron de Egipto!»»
Éxodo 32: 4
Moisés y Josué descendían del monte con las tablas de la Ley, los Diez Mandamientos, cuando oyeron una gran algazara. Josué imaginó que era ataque de enemigos. Moisés percibió que era otro cosa. Acercándose al campamento, consternados, vieron al pueblo danzando alrededor de un becerro de oro, ¡como en las fiestas paganas de Egipto!
Moisés recién había salido de la presencia gloriosa de Dios. No estaba preparado para una escena tan degradante. Airado, quebró en el suelo las tablas de piedra delante del pueblo. En seguida, tiró el idolo al fuego hasta reducirlo a polvo, lo derramó sobre, las aguas y se lo dio a beber a la gente.
Moisés llamó a su hermano, que se defendió diciendo que había sido a amenazado por el pueblo. Quería convencer a Moisés de que había ocurrido un milagro: el oro lanzado al horno se había transformado en un becerro por un poder sobrenatural. Moisés no aceptó sus explicaciones y lo trató como al principal culpable.
Aarón había sido más bendecido y honrado que el resto de Israel, como portavoz de Moisés, aquel por quien Dios había actuado trayendo su juicio sobre los egipcios; Aarón había estado con Moisés en el monte y visto la gloria del Señor. A él Dios le había confiado el gobierno del pueblo en ausencia de Moisés, pero Aarón había deshonrado a Dios haciendo un idolo y autorizando el pecado de Israel. Eso hizo que su pecado fuera muy grave y Dios quiso destruirlo. Solo se libró por la intercesión de Moisés. Arrepentido y humillado, fue aceptado por Dios.
Aarón podría haber impedido la apostasía si se hubiera mantenido firme, recordando al pueblo el pacto solemne que habían hecho con Dios de obedecer su ley. Pero, su espíritu condescendiente y el deseo de agradar cegaron sus ojos a la gravedad del pecado que había permitido. Por su irresponsabilidad, Israel pecó y muchos murieron.
Dios sigue esperando hoy la lealtad de sus siervos, la cual muchas veces implica reprender fielmente la transgresión, por difícil que resulte. ¿Has enfrentado alguna vez en tu hogar, en tu iglesia o en tu trabajo alguna situación en la que tuviste que posicionarte firmemente contra el mal? Los principios divinos jamás deben ser negociados.
No permitamos que el miedo, la vergüenza o nuestra indolencia nos hagan cómplices de faltas que puedan impedir que nosotras o nuestros seres queridos vayan al cielo.
Lecturas Devocionales para Damas 2026
“SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Silvia García F.
