viernes , 2 octubre 2026

 

Lee el texto de esta semana: Josué 5, 6

Una misión imposible

La historia de Jericó conecta con todas las personas que han sido llamadas por Dios para llevar a cabo una misión aparentemente imposible. En las canciones populares, el arte, la literatura y los sermones, esta historia se ha convertido en un símbolo de esperanza para quienes confían en que Dios libra sus batallas. Para las personas que viven por fe, esta narración no es apenas un emocionante relato para niños, sino un llamado a dar espacio a Dios para que actúe en nuestras vidas. En algún momento, Dios permite que todos nos enfrentemos a nuestra propia Jericó, es decir, a algún desafío que se cierne sobre nosotros y que parece imposible de superar.

Como ciudad bien fortificada en la frontera oriental de Canaán, Jericó estaba posicionada para cerrar el paso al avance de ejércitos invasores por el este. Los habitantes de esta ciudad habían anticipado durante mucho tiempo la llegada de los israelitas. Cuarenta años antes, se habían quedado aterrados ante las noticias de que Dios había liberado milagrosamente a su pueblo de Egipto y había separado las aguas del mar Rojo para salvarlos (ver Jos. 2: 10). Como Israel había dado vueltas en el desierto durante cuarenta años, el ejército de Jericó había tenido tiempo de reforzar su armamento y de hacer todos los preparativos para la guerra. Cuando los israelitas acamparon frente a Jericó, al otro lado del río Jordán, los habitantes de la ciudad se apresuraron a terminar de almacenar alimentos, municiones y otros artículos necesarios en caso de asedio. A medida que los israelitas cruzaban el río y se acercaban, los habitantes de Jericó se mostraban ansiosos, no sabiendo cuándo exactamente comenzaría la batalla. Su cuidadosa vigilancia quedó ilustrada por las acciones de su rey, que rápidamente envió exploradores para perseguir a los espías israelitas en cuanto se enteró de su inoportuna presencia (ver Jos. 2: 3-7).

Las puertas de la ciudad estaban cerradas, los centinelas se hallaban en sus puestos y la ciudad al completo se había preparado. Por su parte, Israel, en aparente contraste, carecía de arietes y de otros medios que les permitieran abrir boquetes en las murallas. Según todos los criterios humanos, el riesgo de que se produjeran bajas masivas entre los israelitas era extremadamente alto. Aunque los lectores contemporáneos conocemos el desenlace de la historia, Josué no vio en ese momento ninguna forma práctica de tomar la fortaleza militar. Sin la ayuda de Dios, Israel estaba destinado al fracaso. No es de extrañar que Josué se alejara del campamento para pasar tiempo a solas con Dios. Muchas preguntas debieron de rondarle por la cabeza mientras contemplaba las altas murallas de la ciudad fortificada. Aun así, confió en que el Dios que los había guiado a través de un Jordán desbordado les proporcionaría una manera de llevar a cabo esta próxima tarea.

Dios le había hablado a Josué antes de esta instancia (ver, por ejemplo, Jos. 1: 1; 3: 7; 4: 1, 15; 5: 2, 9) y, a medida que los desafíos del líder aumentaban, también lo hacía la presencia de Dios. Un día, mientras Josué se acercaba al Señor en oración, un guerrero armado apareció de repente ante él con la espada desenvainada. Josué se puso inmediatamente en guardia y exclamó: «¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?» (Jos. 5: 13). El guerrero respondió: «Ni lo uno ni lo otro. Vengo como jefe del ejército del Señor» (v. 14). Debió de sorprenderle mucho a Josué oír a aquel guerrero declarar que no estaba ni a favor de Israel ni de sus adversarios, y es que Dios no puede ser encasillado en función de las lealtades humanas. Como Comandante del ejército del Señor, él había venido no solo como Líder de Israel, sino también como «Señor de toda la tierra» (3: 11, 13), el que está por encima de todo y que lo trasciende todo.

Ante esta proclamación, Josué se humilló inmediatamente y se postró sobre su rostro para adorar, preguntando: «¿Qué le manda mi Señor a este siervo suyo?» (v. 14). Como en la historia de Moisés ante la zarza ardiente, el Comandante ordenó a Josué que se descalzara, porque el lugar donde estaba era sagrado.

Dios le dio entonces a Josué las instrucciones para la conquista de Jericó. El ataque sería, cuando menos, poco convencional. Una procesión de sacerdotes tocando cuernos/bocinas/trompetas de carnero y de sacerdotes portando el Arca del pacto serían seguidas por largas filas de soldados que marcharían alrededor de las murallas de la ciudad una vez al día durante seis días. Al séptimo día, la procesión debía dar siete vueltas alrededor de las murallas. Al terminar la última vuelta, los sacerdotes debían hacer sonar sus trompetas y los hombres de guerra debían lanzar un fuerte grito. Con este sonido, las murallas de Jericó se derrumbarían, permitiendo a Israel tomar la ciudad.

Escribe de tu versión preferida de la Biblia Josué 6: 15-19. O, si lo prefieres, puedes parafrasear el pasaje o hacer un esquema o un mapa conceptual de todo Josué 5, 6.

Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2025.
4to trimestre 2025 «EL LIBRO DE JOSUÉ»
Lección # 05 «UNA MISIÓN IMPOSIBLE»
Colaboradores: Felipe Torres y Adriana Jiménez

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