sábado , 15 agosto 2026
Notas de Ellen G. White 2025

El Señor es un guerrero

 

La hueste hebrea marchaba en perfecto orden. Primero iba un grupo selecto de hombres armados, revestidos de sus atuendos militares, no para manifestar su pericia con las armas, sino para creer y obedecer las órdenes que se les dieran. A continuación siguieron siete sacerdotes con trompetas. Enseguida venía el arca de Jehová, de oro resplandeciente, con un halo de gloria que la envolvía, llevado por sacerdotes cubiertos de sus ricas vestimentas especiales que ponían de manifiesto su carga sagrada. El vasto ejército de Israel seguía en perfecto orden, y cada tribu avanzaba bajo su respectivo estándar. Así rodearon la ciudad con el arca de Dios. No se escuchaba ruido alguno a no ser las pisadas de la poderosa hueste, y el solemne sonido de las trompetas, cuyos ecos se extendían por las colinas y por toda la ciudad de Jericó.

Con asombro y alarma las vigías de la ciudad condenada observaban cada movimiento y lo comunicaban a los que ejercían autoridad. No podía decir qué significaba todo ese espectáculo. Algunos se burlaban de la idea de que la ciudad pudiera ser tomada de esa manera, pero otros estaban despavoridos al contemplar el esplendor del arca y el aspecto solemne y digno de los sacerdotes y del ejército de Israel que los seguía, con Josué al frente. Recordaban que cuarenta años antes el Mar Rojo se había partido en dos ante ellos, y que hacía poco se había abierto un camino para que pudieran cruzar el Jordán. Estaban demasiado aterrorizados para hacer bromas. Se esmeraban en mantener cerradas las puertas de la ciudad, y en poner a poderosos guerreros para que las guardaran.

Durante seis días los ejércitos de Israel dieron vueltas en torno de la ciudad. En el séptimo día la rodearon siete veces. A la gente se le ordenó, como siempre, que guardara silencio. Solamente debía oírse el sonido de las trompetas. El pueblo debía estar atento, y cuando los trompetistas emitían un sonido más prolongado, debían clamar a gran voz porque Dios les había entregado la ciudad. «Al séptimo día se levantaron al despuntar el alba, y dieron vuelta a la ciudad de la misma manera siete veces; solamente ese día dieron vuelta alrededor de 185ella siete veces. Y cuando los sacerdotes tocaron las bocinas la séptima vez, Josué dijo al pueblo: Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad… Entonces el pueblo gritó, y los sacerdotes tocaron las bocinas; y aconteció que cuando el pueblo hubo oído el sonido de la bocina, dijo con gran vocerío, y el muro se derrumbó El pueblo subió luego a la ciudad, cada uno derecho hacia adelante, y la tomaron”.

Dios quería demostrar a los israelitas que no podían atribuirse la conquista de Canaán. El Capitán de las huestes de Jehová venció a Jericó. Él y sus ángeles estaban implicados en esa victoria. Cristo ordenó a los ejércitos del cielo que derribaran los muros de Jericó y prepararan así una entrada para Josué y los ejércitos de Israel. Dios, mediante este maravilloso milagro, no solamente fortaleció la fe de su pueblo en su capacidad de subyugar a sus enemigos, sino que los reprendió por su anterior incredulidad.

Jericó había desafiado a los ejércitos de Israel y al Dios del cielo. Y cuando contemplaron la hueste de Israel que marchaba alrededor de su ciudad cada día, sus habitantes se sintieron alarmados. Pero contemplaban sus poderosas defensas, sus muros elevados y sólidos, y se sentían seguros de que podrían resistir cualquier ataque. Pero cuando sus poderosos muros de repente se resquebrajaron y cayeron con un estrépito semejante al de un fortísimo trueno, quedaron paralizados de terror y no pudieron ofrecer resistencia (La historia de la redención, pp. 183-185).

Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
4to. Trimestre 2025 «LECCIONES DE JOSÚE ACERCA DE LA FE»
Lección 4: «EL CONFLICTO DETRÁS DE TODOS LOS CONFLICTOS»
Colaboradores: Xiomara  Moncada y Karla González

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