viernes , 1 mayo 2026
Notas de Ellen G. White 2025

Intercesión

 

Después de la transgresión de Israel, cuando este se hizo el becerro de oro, Moisés volvió a interceder ante Dios en favor de su pueblo… Había aprendido por experiencia que a fin de tener influencia sobre el pueblo, debía tener primero poder con Dios. El Señor leyó la sinceridad y el propósito abnegado del corazón de su siervo, y condescendió en comunicarse con este débil mortal cara a cara, como un hombre habla con un amigo. Moisés se confió a Dios a sí mismo junto con todas sus cuitas, y abrió libremente su alma delante de él. El Señor no reprendió a su siervo sino que condescendió en escuchar sus súplicas…

La respuesta que recibió fue: “Mi rostro irá contigo, y te haré descansar”. Pero Moisés no creía que podía conformarse con esto. Había ganado mucho, pero anhelaba acercarse más a Dios, y obtener mayor seguridad de su permanente presencia. Había llevado la carga de Israel; había soportado un peso abrumador de responsabilidad; cuando el pueblo pecaba, él sufría intenso remordimiento, como si él mismo fuese culpable; y ahora oprime su alma un sentimiento de los terribles resultados que se producirán si Dios abandona a los hijos de Israel a la dureza e impenitencia de su corazón… Moisés insiste en su petición con tanto fervor y sinceridad, que le llega la respuesta: “También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre”.

Al llegar a este punto esperaríamos que el profeta dejaría de interceder; pero no, envalentonado por su éxito, se atreve a acercarse más a Dios, con una santa familiaridad que supera casi nuestra comprensión. Hace luego una petición que ningún ser humano hizo antes: “Ruégote que me muestres tu gloria”. ¡Qué petición de parte de un ser mortal finito! Pero, ¿es rechazado? ¿Le reprende Dios por su pretensión? No; oímos las misericordiosas palabras: “Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro”…

En la historia de Moisés podemos ver cuán íntima comunión con Dios puede gozar el hombre (Conflicto y valor, 3 de abril, p. 99).

Moisés resistió noblemente la prueba y demostró que su interés por Israel no era obtener un gran nombre ni exaltarse a sí mismo. La pesada carga del pueblo de Dios recaía sobre él. Dios lo había puesto a prueba y se había agradado de su fidelidad, de su sencillez de corazón y de su integridad ante él, y le encomendó, como a un pastor fiel, el gran encargo de conducir a su pueblo hasta la tierra prometida (Spiritual Gifts, t. 3, p. 278).

Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
3er. Trimestre 2025 «EL EXODO: VIAJE A LA TIERRA PROMETIDA»
Lección 11: «APOSTASÌA E INTERCESIÒN»
Colaboradores: Xiomara  Moncada y Karla González

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