En ausencia de Moisés, el poder judicial había sido confiado a Aarón, y una enorme multitud se reunió alrededor de su tienda para presentarle esta exigencia: “Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, aquel varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido”. La nube, dijeron ellos, que hasta ahora los guiara, se había posado permanentemente sobre el monte, y ya no dirigía más su peregrinación. Querían tener una imagen en su lugar; y si, como se había sugerido, decidían volver a Egipto, hallarían favor ante los egipcios si llevaban esa imagen ante ellos y la reconocían como su dios.
Para hacer frente a semejante crisis, hacía falta un hombre de firmeza, decisión, y ánimo imperturbable, un hombre que considerara el honor de Dios por sobre el favor popular, por sobre su seguridad personal y su misma vida. Pero el jefe provisorio de Israel no tenía ese carácter. Aarón reconvino débilmente al pueblo, y su vacilación y timidez en el momento crítico solo sirvieron para hacerlos más decididos en su propósito. El tumulto creció. Un frenesí ciego e irrazonable pareció posesionarse de la multitud. Algunos permanecieron fieles a su pacto con Dios; pero la mayor parte del pueblo se unió a la apostasía. Unos pocos, que osaron denunciar la propuesta imagen como idolatría, fueron atacados y maltratados, y en la confusión y el alboroto perdieron finalmente la vida.
Aarón temió por su propia seguridad; y en vez de ponerse noblemente de parte del honor de Dios, cedió a las demandas de la multitud. Su primer acto fue ordenar que el pueblo quitara todos sus aretes de oro y se los trajera. Esperaba que el orgullo haría que rehusaran semejante sacrificio. Pero entregaron de buena gana sus adornos, con los cuales él fundió un becerro semejante a los dioses de Egipto. El pueblo exclamó: “Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto”. Con vileza, Aarón permitió este insulto a Jehová. Y fue aún más lejos. Viendo la satisfacción con que se había recibido el becerro de oro, hizo construir un altar ante él e hizo proclamar: “Mañana será fiesta a Jehová”. El anuncio fue proclamado por medio de trompetas de compañía en compañía por todo el campamento. “Y el día siguiente madrugaron, y ofrecieron holocaustos, y presentaron pacíficos: y sentóse el pueblo a comer y a beber, y levantáronse a regocijarse”. Con el pretexto de celebrar una “fiesta a Jehová”, se entregaron a la glotonería y la orgía licenciosa (Historia de los patriarcas y profetas, pp. 326, 327).
Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
3er. Trimestre 2025 «EL EXODO: VIAJE A LA TIERRA PROMETIDA»
Lección 11: «APOSTASÌA E INTERCESIÒN»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Karla González
