sábado , 15 agosto 2026
Notas de Ellen G. White 2025

Vayan y adoren al Señor

 

En uno de los pasajes más hermosos y consoladores de la profecía de Isaías, se hace referencia a la columna de nube y de fuego para indicar cómo custodiará Dios a su pueblo en la gran lucha final con los poderes del mal: “Y criará Jehová sobre toda la morada del monte de Sion, y sobre los lugares de sus convocaciones, nube y obscuridad de día, y de noche resplandor de fuego que eche llamas: porque sobre toda gloria habrá cobertura. Y habrá sombrajo para sombra contra el calor del día, para acogida y escondedero contra el turbión y contra el aguacero”. Isaías 4:5, 6.

Viajaron a través del lóbrego y árido desierto. Ya comenzaban a preguntarse adónde los conduciría ese viaje; ya estaban cansándose de aquella laboriosa ruta, y algunos principiaron a sentir el temor de una persecución de parte de los egipcios. Pero la nube continuaba avanzando, y ellos la seguían. Entonces el Señor indicó a Moisés que se desviara en dirección a un desfiladero rocoso para acampar junto al mar. Le reveló que Faraón los perseguiría, pero que Dios sería honrado por su liberación.

En Egipto se esparció la noticia de que los hijos de Israel, en vez de detenerse para adorar en el desierto, iban hacia el mar Rojo. Los consejeros de Faraón manifestaron al rey que sus esclavos habían huido para nunca más volver. El pueblo deploró su locura de haber atribuido la muerte de los primogénitos al poder de Dios. Los grandes hombres, reponiéndose de sus temores, explicaron las plagas por causas naturales. “¿Cómo hemos hecho esto de haber dejado ir a Israel, para que no nos sirva?” (véase Éxodo 14) era su amargo clamor (Historia de los patriarcas y profetas, pp. 288, 289).

Cuando la luz de Dios, potente y convincente, le dio a conocer at gran Yo Soy, Faraón estuvo inclinado a ceder. Pero apenas se quitó la presión, volvió a manifestar incredulidad y contraatacó aquella poderosa luz que Dios le había dado. Cuando rechazó la evidencia del primer milagro, sembró una semilla de infidelidad que, dejada a su curso natural, habría de producir la cosecha consecuente. Después de esto al rey no lo convencería la operación de ningún poder divino. El monarca endureció su corazón y prosiguió, paso tras paso, en su camino de incredulidad, hasta que por todo el vasto reino de Egipto perecieron los primogénitos, el orgullo de cada hogar. Después de esto, salió presuroso con su ejército en persecución de Israel. Procuró traer de vuelta a un pueblo liberado por el brazo de la Omnipotencia. Pero estaba luchando contra un Poder mayor que cualquier poder humano, y pereció con sus huestes en las aguas del mar Rojo (Cristo triunfante, p. 105).

Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
3er. Trimestre 2025 «EL EXODO: VIAJE A LA TIERRA PROMETIDA»
Lección 6: «A TRAVÈS DEL MAR ROJO»
Colaboradores: Xiomara  Moncada y Karla González

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