El Señor dio a los hebreos instrucciones especiales para que cada familia sacrificara un cordero y asperjara su sangre sobre los postes de la puerta, de nodo que cuando el ángel destructor pasara por allí en su misión de muerte, la sangre sobre los postes de la puerta constituyera una señal que identificara a los moradores de la casa como adoradores del verdadero Dios. El ángel de la muerte pasaba por alto las casas designadas de esa manera. Los hebreos recibieron la orden de estar preparados para comenzar su viaje aquella noche memorable. El Señor les instruyó en cuanto a comer el cordero pascual. «Y lo comeréis así: ceñidos vuestros lomos, vuestro calzado en vuestros pies, y vuestro bordón en vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente; es la Pascua de Jehová».
El Señor no envió ninguna plaga sobre Egipto antes de darles una advertencia oportuna. Moisés y Aarón, bajo la dirección de Dios, se presentaron ante el rey con su mensaje. “Jehová ha dicho así: A la medianoche yo saldré por en medio de Egipto, y morirá todo primogénito en tierra de Egipto desde el primogénito de Faraón que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la sierva que está tras el molino, y todo primogénito de las bestias. Y habrá gran clamor por toda la tierra de Egipto, cual nunca hubo, ni jamás habrá. Pero contra todos los hijos de Israel, desde el hombre hasta la bestia, ni un perro moverá su lengua, para que sepáis que Jehová hace diferencia entre los egipcios y los israelitas». El Faraón no quiso ceder su obstinada voluntad a los imperativos de Dios. Endureció su corazón contra los hebreos y les negó la libertad.
Cerca de medianoche, en cada casa egipcia sus moradores fueron despertados de su sueño por el clamor y el dolor. Temieron que todos habrían de morir. Recordaron el clamor y el lamento proveniente de las casas de los hebreos, resultado del decreto inhumano de un cruel rey que había mandado matar a todos los niños varones tan pronto cuanto nacieran. Los egipcios no podían ver al ángel vengador que entraba en cada casa con su carga de muerte, pero sabían que era el Dios de los hebreos quien provocaba el mismo sufrimiento que ellos había producido entre los israelitas (Youth’s Instructor, 1“ de mayo, 1 873, párr. 4-6; parcialmente en La verdad acerca de los ángeles, p. 99).
Las grandes huestes de Israel salieron resueltamente, con alegre triunfo, de Egipto, el lugar de su larga y cruel servidumbre. Los egipcios no consintieron liberarlos hasta que fueron advertidos rotundamente por los juicios de Dios. El ángel vengador había visitado cada casa de los egipcios, y había herido de muerte al primogénito de cada familia. Ninguno había escapado, desde el heredero de Faraón hasta el primogénito del cautivo en la mazmorra. También habían muerto los primogénitos del ganado de acuerdo al mandato del Señor. Pero el ángel de la muerte pasó por alto los hogares de los hijos de Israel y no entró en ellos.
Faraón, horrorizado por las plagas que habían caído sobre su pueblo, llamó a Moisés y a Aarón por la noche y les ordenó que partieran de Egipto. Ansiaba que se fueran sin demora, porque él y su pueblo temían que a menos que la maldición de Dios se apartara de ellos, la tierra quedaría transformada en un vasto cementerio (Testimonios para la Iglesia, t. 4, p. 25).
Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
3er. Trimestre 2025 «EL EXODO: VIAJE A LA TIERRA PROMETIDA»
Lección 5: «LA PASCUA»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Karla González
