Amuchas personas de la época de Jesús les encantaba escuchar a predicadores que denunciaban la corrupción y ponían de relieve las injusticias de la época. Más de uno se sintió decepcionado por la predicación de Jesús, porque no dijo nada de los males de Roma. En cambio, los pecados que denunciaba eran los de su propio pueblo. Estaban contentos de escuchar sus promesas de libertad hasta que se dieron cuenta de que prometía un tipo diferente de libertad.
Todavía hoy, en esta era de predicación amarillista y sensacionalista, a la gente le encanta ver videos y artículos que exponen las corrupciones del gobierno y las flagrantes incoherencias del mundo. Hoy en día no es más fácil aceptar el amoroso mensaje de Jesús de que nuestra mayor amenaza no es el gobierno —por corrupto que sea— sino nuestros propios corazones pecaminosos. Los problemas del gobierno solo revelan los grandes problemas de espíritu y actitud que se esconden en lo más profundo de nosotros. El mensaje de Jesús enseña que, independientemente de lo que ocurra en el mundo, nosotros somos la mayor fuente de nuestros problemas. Nuestra batalla más encarnizada consiste en vencer al enemigo que llevamos dentro. Una vez que ganemos la victoria sobre nosotros mismos, vendrán todas las demás victorias. Jesús prometió liberarnos de la más cruel de todas las ataduras: «Les aseguro que todos los que pecan son esclavos del pecado. […] Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes serán verdaderamente libres» (Juan 8: 34, 36). Jesús prometió la mejor libertad, porque la libertad del alma es la base de todas las demás libertades.
Hace varios años, un amigo mío me pidió ayuda con su adicción al tabaco. Le expliqué que estaba eligiendo entre dos formas contradictorias de libertad. Por un lado, podía tener la libertad de hacer lo que le diera la gana, incluso consumir tabaco siempre que lo deseara. Pero, por otro lado, podía liberarse de la cruel esclavitud de esa adicción que estaba destruyendo su salud, su futuro y su felicidad. Mi amigo sabía que las falsas promesas de libertad le habían convertido en un esclavo. Quería liberarse de las cadenas de ese hábito destructivo. Cuando dejó el tabaco, su sonrisa era más notoria que nunca, no solo porque estaba más sano, sino porque su corazón era libre. Cualquiera que haya ayudado a un amigo a superar una adicción sabe cuánto te querrá una persona después de que le has ayudado a encontrar la libertad. La única alegría más grande que encontrar la libertad podría ser la alegría de ayudar a otra persona a dar un paso hacia la libertad. Tenemos el privilegio de proclamar la verdad evangélica de Jesús, que todavía hoy emancipa a las personas (Juan 8: 32).
La libertad que Dios ofrece nos libera del doloroso ciclo de herirnos a nosotros mismos y hacer daño a los demás. Su poder rompe las cadenas de los hábitos destructivos y del pecado que nos mantienen esclavizados. Jesús nos libera de la culpa y la oscuridad que nos retienen. Incluso al pecador más degradado, le ofrece perdón y restauración. Con Jesús, encontramos la libertad para vivir una vida abundante que rebosa del amor y la paz de Dios. ¡Qué realidad tan asombrosa!
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Colaboradores: Joaquín Maldonado & Mayra

