«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado.» Génesis 2:8
EN algún lugar, en medio de todo el asombro y la belleza del mundo que había creado, «Dios el Señor plantó un jardín al oriente del Edén, y allí puso al hombre que había formado».
¿Alguna vez cultivaste un jardín? Es emocionante, ¿verdad? Especialmente en primavera, cuando siembras semillas y esperas que salgan los retoños verdes. ¡Y qué apasionante ver que las plantas comienzan a florecer, el maíz madura y las plantas de repollo y lechuga engordan, adquieren firmeza y están listas para comer!
Pero cuando Dios plantó el jardín del Edén, era diferente. No necesitó sembrar semillas. Al ser el Creador, podía hacer que inmediatamente aparecieran árboles y arbustos completamente desarrollados; todo en el lugar apropiado, justo donde los que-ría. Podía decir: «Quiero un grupo de elevados cedros aquí y una arboleda de abedules plateados allí», y aparecían con solo decirlo. A su mandato, una colina se cubría de pinos, otra de secoyas y otra de robles, y así era. Podía ordenar que un valle quedara tapizado de lirios, otro de anémonas y otro de jacintos, y así era.
¡Cuán glorioso debe haber sido entonces el hogar jardín que plantó especialmente para sus queridos Adán y Eva! Solo podemos imaginarnos su esplendor al pensar en algunas maravillas de la naturaleza que conocemos hoy y que tanto nos agradan.
Notemos que Dios no les construyó un palacio, aunque los había puesto por reyes del mundo; no erigió una fina casa de piedra para ellos, con pisos de mármol y luz eléctrica, aunque les dio plata y oro en abundancia, sino que les hizo un hogar en medio de los árboles y las flores.
Por paredes, esta casa tenía palmeras, abetos y arces, y el piso era la tierra blanda y perfumada, suntuosamente alfombrada con campanillas, caléndulas y prímulas. Por techo tenía las ramas de los árboles y, más allá la gloriosa bóveda celeste, donde el sol alumbraba de día y la luna y las estrellas de noche.
No había necesidad de refugio, porque en aquellos días lejanos, cuando nació el mundo, no había lluvia ni tormentas. En vez de eso, «salía de la tierra un manantial que regaba toda la superficie del suelo».
En el primer hogar del hombre no había dormitorios como los de ahora, solo rincones acogedores cubiertos de musgo entre los arbustos, o sofás de flores esparcidas junto a arroyos tintine-antes. La sala era la ladera de una colina con vista a una bahía o a la ensenada a orillas del lago. La sala de música estaba entre los árboles, donde los pájaros trinaban sus preciosos cantos. La cocina y la alacena eran las vides cargadas de fruta y los arbustos siempre repletos de buenas cosas para comer.
Sin duda, ningún hogar construido alguna vez por el hombre ha sido tan hermoso, tan pacífico, tan absolutamente perfecto como este glorioso hogar jardín que el Señor Dios plantó en Edén hace tanto tiempo.
¡Qué felices deben haber sido Adán y Eva cuando, tomados de la mano, se daban prisa para ir de una escena bonita a otra! Casi puedo escuchar a Eva exclamar: «Mira, Adán, qué flor tan bonita. ¡Y esta, y esta! ¡Y huele su fragancia! ¡Qué lugar maravilloso para vivir!»
Y mientras iban caminando, de repente llegaron hasta dos árboles excepcionales, diferentes de todos los demás que habían visto, y ambos cargados de frutas de colores muy vistosos. Al de-tenerse a admirar esta vista nueva y maravillosa, Dios se acerca a ellos para decirles que están en el centro mismo de su hogar jardín; que uno de estos árboles es «el árbol de la vida» y el otro «el árbol del conocimiento del bien y del mal».
«Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás».
¿Morir?, se preguntan. ¿Qué quiere decir Dios? Y ¿por qué plantó en el jardín un árbol del que no debemos comer?
Todavía intrigados, continúan camino felices mientras el sol va cayendo cada vez más en el horizonte.
¡Qué día había sido aquel! Con el amanecer, surgieron los animales de la tierra al llamado de su Creador. Luego, hizo al hombre, a su imagen y semejanza. Finalmente, para coronar todo esto, con sabiduría, amor y comprensión infinitas, formó su obra más hermosa y perfecta: la mujer.
Y ahora, este maravilloso día está llegando a su fin. Las sombras se alargan, los pájaros gorjean en los árboles y los extraños sonidos del bosque revelan que los animales saben por instinto que se aproxima la noche.
Al mirar hacia el Oeste y contemplar la resplandeciente gloria del crepúsculo, Adán y Eva se quedan boquiabiertos, mientras el cielo se llena de colores maravillosos y cada árbol y flor irradian nueva belleza.
¿Qué puede estar ocurriendo?, se preguntan. ¿Es que su hermoso mundo está llegando a su fin tan pronto? Pero Dios les susurra: «Esto es solo la puesta de sol; aguarden la gloria del 33 amanecer.
«Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno». Y lo era. Muy, muy bueno. La tierra, el mar, los árboles, las flores, los animales —todo tan perfecto como Dios podía hacerlo—, y ahora esta feliz pareja de seres humanos, tan majestuosos, tan hermosos, tan dulcemente inocentes, se inclina en reverente adoración ante su Hacedor. ¿Qué más podría desear?
La creación está terminada. La obra de Dios está completa. Su propósito de amor se cumplió. No es de extrañarse que el cielo resuene con alabanzas cuando, una vez más, las estrellas se unen en alabanzas y todos los hijos de Dios gritan de gozo.
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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Noel Ramos & Miguel Miguel
