«¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos! El mundo no nos conoce, precisamente porque no lo conoció a él». 1 Juan 3:1, NVI
«MAS A TODOS LOS QUE lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les « dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1: 12). «Porque los hijos de Dios son todos aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios. Pues ustedes no han recibido un espíritu que los esclavice nuevamente al miedo, sino que han recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: !Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. Pues no tengo dudas de que las aflicciones del tiempo presente en nada se comparan con la gloria venidera que habrá de revelarse en nosotros» (Rom. 8: 14-18, RVC).
Juan no puede encontrar palabras adecuadas para describir el admirable amor de Dios hacia el ser humano pecador, pero insta a todos a que contemplen el amor de Dios revelado en el don de su Hijo unigénito. Mediante la perfección del sacrificio hecho por la raza culpable, los que creen en Cristo […] pueden ser salvados de la ruina eterna. Cristo era uno con el Padre. Sin embargo, cuando el pecado entró en el mundo por la transgresión de Adán, estuvo dispuesto a descender de la excelsitud de Aquel que era igual a Dios, que moraba en luz inaccesible para la humanidad, tan llena de gloria que ningún ser humano podía contemplar su rostro y vivir, y se sometió a los insultos, vilipendios, sufrimientos, dolores y muerte, a fin de responder a las demandas de la inmutable ley de Dios, y establecer un camino de escape para el transgresor por medio de su muerte y de su justicia. Esta fue la obra que su Padre le dio que hiciera; y los que aceptan a Cristo, reposando plenamente sobre sus méritos, se convierten en hijos e hijas adoptivos de Dios, son herederos de Dios y coherederos con Cristo. […]
Que nadie […] piense que es una condescendencia para cualquier hombre, por muy talentoso, culto u honrado que sea, aceptar a Cristo. Todo ser humano debería mirar al cielo con reverencia y gratitud, y exclamar con asombro: «Fíjense qué gran amor nos ha concedido el Padre».— The Youth’s Instructor, 27 de septiembre de 1894.
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Devocional Vespertino Para 2023.
«A FIN DE CONOCERLE»
Por: ELENA G. DE WHITE
Colaboradores: Ruben D. Salazar & Miguel Miguel
