El pasaje bíblico que más que ninguno había sido el fundamento y el pilar central de la fe adventista era la declaración: «Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario» (Daniel 8: 14, VM). Estas palabras habían sido familiares para todos los que creían en la próxima venida del Señor. La profecía que encerraban era repetida como santo y seña de su fe por miles de bocas. Todos sentían que sus esperanzas más gloriosas y más queridas dependían de los acontecimientos en ella predichos. Había quedado demostrado que aquellos días proféticos terminaban en el otoño del año 1844. En común con el resto del mundo cristiano, los adventistas creían entonces que la tierra, o alguna parte de ella, era el santuario. Entendían que la purificación del santuario era la purificación de la tierra por medio del fuego del último y supremo día, y que ello se verificaría en el segundo advenimiento. De ahí que concluyeran que Cristo volvería a la tierra en 1844.
»Pero el tiempo señalado había pasado, y el Señor no había aparecido. Los creyentes sabían que la Palabra de Dios no podía fallar; su interpretación de la profecía debía estar pues errada; pero ¿dónde estaba el error? Muchos cortaron sin más ni más el nudo de la dificultad negando que los 2,300 días terminasen en 1844. Este aserto no podía apoyarse con prueba alguna, a no ser con la de que Cristo no había venido en el momento en que se le esperaba. Alegabas que, si los días proféticos hubiesen terminado en 1844, Cristo habría vuelto entonces para limpiar el santuario mediante la purificación de la tierra por fuego, y que como no había venido, los días no podían haber terminado. Aceptar estas conclusiones equivalía a renunciar a los cómputos anteriores de los períodos proféticos. Se había comprobado que los 2,300 días principiaron cuando entró en vigor el decreto de Artajerjes ordenando la restauración y edificación de Jerusalén, en el otoño del año 457 a. C. Tomando esto como punto de partida, había perfecta armonía en la aplicación de todos los acontecimientos predichos en la explicación de ese período hallada en Daniel 9: 25-27. Sesenta y nueve semanas, o los 483 primeros años de los 2,300 años debían alcanzar hasta el Mesías, el Ungido; y el bautismo de Cristo y su unción por el Espíritu Santo, en el año 27 de nuestra era, cumplían exactamente la predicción. En medio de la septuagésima semana, el Mesías había de ser muerto. Tres años y medio después de su bautismo, Cristo fue crucificado, en la primavera del año 31. Las setenta semanas, 0 490 años, les tocaban especialmente a los judíos. Al fin del período, la nación selló su rechazamiento de Cristo con la persecución de sus discípulos, y los apóstoles se volvieron hacia los gentiles en el año 34 de nuestra era.
»Habiendo terminado entonces los 490 primeros años de los 2,300, quedaban aún 1,810 años. Contando desde el año 34, 1,810 años llegan a 1844. «Entonces —había dicho el ángel— será purificado el santuario’.’ Era indudable que todas las anteriores predicciones de la profecía se habían cumplido en el tiempo señalado».— ELENA G. DE WHITE, El conflicto de los siglos, cap. 24, pp. 405-406.
Después de haber analizado el pasaje de esta semana y de haber repasado el versículo destacado que has aprendido de memoria:
- ¿Qué aplicaciones personales te sientes motivado a realizar en tu vida?
- ¿Qué aplicaciones prácticas consideras que deberías implementar en tu escuela, tu lugar de trabajo, tu familia o tu iglesia?
- ¿Cómo aplicarías a tu vida el versículo que has memorizado?
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2020.
1er trimestre 2020 “DANIEL: Principios prácticos para la vida en el tiempo del fin”
Lección 13: «IDENTIDAD ADVENTISTA«
Colaboradores: Zabdy Moscoso & Misael Morillo
