«Y así nosotros, como colaboradores, les exhortamos también a ustedes a que no reciban en vano la gracia de Dios».
2 Corintios 6: 1 RVA15
Muchos que pretenden ser cristianos, no lo son. Dios no lleva al cielo sino a aquellos que han sido santificados en este mundo por medio de la gracia de Cristo, aquellos en quienes él puede ver a Cristo ejemplificado.
«El Señor es muy misericordioso y compasivo» (Sant. 5: 11). Contempla con lástima su herencia redimida. Está listo para perdonar sus pecados si quieren someterse y ser leales a él. Para ser justo y no obstante justificar al pecador, depositó el castigo del pecado sobre su Hijo unigénito. Por causa de Cristo perdona a los que le temen. No ve en ellos la vileza del pecador. Reconoce en ellos la semejanza de su Hijo en quien creen. Solamente de esta manera Dios puede complacerse en cualquiera de nosotros. «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1: 12).
Si no fuera por el sacrificio expiatorio de Cristo no habría nada en nosotros que pudiera agradar a Dios. Toda la natural bondad del ser humano carece de valor a la vista de Dios. No se complace en nadie que retiene su antigua naturaleza, y no es renovado en conocimiento y gracia al punto de ser una nueva persona en Cristo. Nuestra educación, nuestros talentos, nuestros medios, son dones que Dios nos ha confiado para probarnos. Si los empleamos para glorificarnos a nosotros mismos, Dios dice: «No puedo complacerme en ellos; porque Cristo murió en vano por ellos».
Para adornar la doctrina de Cristo, nuestro Salvador, debemos tener el sentir que hubo en Cristo. Lo que nos gusta o lo que no nos gusta, nuestro deseo de ser los primeros, de favorecer el yo en perjuicio de los demás, deben ser vencidos. La paz de Dios debe reinar en nuestros corazones. Cristo debe ser en nosotros un principio vivo y activo.
Mediante nuestra obediencia a Dios, respetémonos como la posesión adquirida de su amado Hijo. Tratemos de ser elevados en Cristo. Esta obra es tan duradera como la eternidad. ¿Olvidaremos nosotros, hijos e hijas de Dios, nuestra progenie real? ¿No honraremos más bien a nuestro Señor y Salvador Jesucristo? ¿No proclamaremos las alabanzas de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable?— The Review and Herald, 24 de agosto de 1897.
EL REY DE LA GRACIA Y SUS SÚBDITOS
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
