“Busquen con ansia la leche espiritual pura, para que por medio de ella crezcan y tengan salvación” (1 Ped. 2:2).
“Somos aún bebés, cuando deberíamos ser ya de edad madura, experimentados en la habilidad de distinguir entre lo bueno y lo malo”. William G. Johnsson

La Biblia necesita también ser ingerida para que haga por dentro su efecto de proveernos salud espiritual. La Biblia contiene los “nutrientes” que necesitamos para sustentar la fe, la esperanza y el amor, pero no sirve con “sentarnos” a su sombra (oírla solo a través de predicadores, películas, mensajes de gente que nos quiere o videos de YouTube); hemos de consumirla. ¿Cómo? “Mordiendo” o “bebiendo” su interior (leyéndola cada día en soledad); “masticándola” para extraerle la esencia (estudiando con ayuda de comentarios); “digiriéndola” (reflexionando en ella); y permitiendo que llegue donde debe llegar por medio de la práctica de los principios que contiene.
Parece sencillo, pero nos cuesta. Ya en sus días, el apóstol Pablo observó cuán poco profundos eran los creyentes por su falta del hábito de consumir el alimento sólido. Por eso les dijo: “Debiendo ser ya maestros después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales, que tenéis necesidad de leche y no de alimento sólido” (Heb. 5:12). Es triste decirlo, pero a veces los cristianos necesitamos volver a los “rudimentos”.
El primer rudimento es muy sencillo: recuperar el hábito diario de consumir la leche espiritual pura, es decir, leer la Palabra de Dios por nosotras mismas, en soledad y con atención plena. ¡Buscarla con ansia! Y hacerlo a los pies de Jesús, para entenderla y vivirla para amar y salvar, no para discutir y separar.
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Por: Mónica Díaz
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Adriana Jiménez