Referencias: Jueces 16:23-31, Patriarcas y profetas, cap. 54, pp. 543-552. Creencias fundamentales 22, 3, 10
Versículo para memorizar: “¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!” (1 Corintios 15:57).
Mensaje: La victoria es un regalo de Dios, no un producto de nuestra fortaleza.
¿Has tenido algún mal hábito que has deseado abandonar? ¿Notaste que en ocasiones parecía tomar control de ti? Tal vez descubriste que una vez que le pediste ayuda a Dios reconociendo que no tenías control de la situación, él te escuchó.
Un hombre fuerte, pero de triste semblante, estaba parado junto a una de las paredes del templo de Dagón. La ciudad era Gaza y la ocasión era uno de los muchos festivales y celebraciones que ocupaban la vida de los filisteos. El prisionero invidente permanecía allí, como si analizara el espacio. Pero mentalmente recordaba otros tiempos que había pasado en aquella ciudad.
En algún momento de su juventud había levantado las pesadas puertas de la ciudad, junto con sus dos postes y sus cerrojos, y las había llevado a la cima de una colina lejos de allí. En aquel entonces era invencible porque la fortaleza de Dios estaba con él. Ahora estaba allí, tomándose un breve descanso. Desde que los filisteos se habían enterado de su voto a Dios, y habían afeitado su cabeza, había estado moliendo granos en una prisión de Gaza. Su captura representó un gran triunfo para los filisteos, y la celebración se haría en honor del dios Dagón. Sansón podía sentir que la gente se aglomeraba para entrar al templo con la idea de participar en las festividades.
Sansón recordaba cómo Dios lo había bendecido con una gran fuerza física. Recordaba sus grandes victorias, las veces que había utilizado sus propias manos o la quijada de un asno. No había obstáculo para él en aquellos días. Pero también sabía que había tomado decisiones equivocadas. En su búsqueda de amigos y diversiones, hizo lo contrario de lo que deseaban sus padres. Gradualmente, sus elecciones se volvieron más importantes para él que la voluntad de Dios. Ahora se encontraba ciego y desamparado, esclavo de sus enemigos. Como lo habían capturado, los filisteos estaban convencidos de que su dios era más poderoso que el de Sansón.
Sansón suspiró y se apoyó en una columna, colocando uno de sus grandes brazos alrededor de la misma. Extendió su otro brazo para calcular cuán lejos estaba la siguiente columna. Lentamente, imaginó la escena a su alrededor. La gente cantaba y bailaba, celebrando la manera en que Dagón había entregado en sus manos a Sansón, el líder del pueblo del Dios altísimo.
Mucha gente había asistido aquella noche al festival en la ciudad de Gaza. Sansón podía escucharlos. A los jóvenes les gustaba subirse a la terraza y observar desde allí las festividades. Por lo menos había allí tres mil personas. Parecía como que todo el pueblo estaba dentro de aquellas cuatro paredes.
Sansón dejó de sentir lástima de sí mismo. Sabía que él se había buscado todos aquellos problemas. Sentía dolor por las burlas que escuchaba. Se burlaban del Dios que lo había escogido a él y lo había hecho fuerte, el Dios que le había pedido que destruyera a los filisteos.
De repente, en medio de la fiesta, Sansón sintió que Dios escuchaba su súplica silenciosa.
—Querido Dios —oró—, cuando me hiciste fuerte pensé que podía hacer lo que quería. ¡Qué equivocado estaba! No pude derrotar a tus enemigos, pues hice mal uso de la fuerza que me diste. Ahora ellos me han derrotado. Por favor, Dios, usa una vez más mi débil y malogrado cuerpo. Gana una última victoria para demostrar que tú eres Dios.
Sansón podía sentir la presencia de Dios, sabía que aún lo amaba y que lo había perdonado. Ahora, a través de la debilidad de Sansón, Dios demostraría su poder.
—Ayúdame, por favor —pidió Sansón al joven que había sido asignado para guiarlo desde la prisión al templo—. Estoy cansado, quiero recostarme en las columnas.
El joven llevó a Sansón al centro del inmenso salón, donde pudo recostarse entre dos de las columnas principales. Todo el mundo podía verlo desde cualquier lugar del templo. Sansón oró nuevamente. Entonces empujó con todas sus fuerzas.
Lentamente, las inmensas columnas comenzaron a desmoronarse. El templo se agitó cuando las paredes se colapsaron. Todos los que estaban en el tejado se cayeron sobre quienes se encontraban abajo. Gobernantes y gente del pueblo, junto con Sansón, fueron sepultados por las pesadas ruinas.
Una vez más Dios había ganado la victoria. A pesar de la debilidad de carácter que había demostrado Sansón, Dios nunca dejó de amarlo. Y cuando, en medio de su impotencia y humillación, le pidió a Dios la victoria, Dios le respondió una vez más.
www.meditacionesdiarias.com
https://www.facebook.com/meditacionesdiariass
https://play.google.com/store/apps/details?id=com.meditacionesdiarias.mobile
Lección de Escuela Sabática para Menores 3er Trimestre 2026
Lección 12: «VICTORIA EN LA DERROTA»
Colaboradores: Carolina Méndez y Sayumi Robles
