«VAYAMOS CON HUMILDAD Y SANTO TEMOR»

«Dios temible en la gran congregación de los santos, y formidable sobre todos cuantos están a su alrededor».

Salmo 89: 7

La humildad y la reverencia deben caracterizar el comportamiento de todos los que se allegan a la presencia de Dios. En el nombre de Jesús podemos acercarnos a él con confianza, pero no debemos hacerlo con la osadía de la presunción, como si el Señor estuviese al mismo nivel que nosotros. Algunos se dirigen al Dios grande, todopoderoso y santo, que habita en luz inaccesible, como si se dirigieran a un igual o a un inferior. Hay quienes se comportan en la casa de Dios como no se atreverían a hacerlo en la sala de audiencias de un soberano terrenal. Los tales debieran recordar que están ante la vista de Aquel a quien los serafines adoran, y ante quien los ángeles cubren su rostro. A Dios se le debe reverenciar grandemente; todo el que verdaderamente reconozca su presencia se inclinará humildemente ante él.— Patriarcas y profetas, cap. 22, p. 228.

Algunos piensan que es señal de humildad orar a Dios de una manera común, como si hablasen con un ser humano. Profanan su nombre mezclando innecesaria e irreverentemente• con sus oraciones las palabras «Dios Todopoderoso», palabras solemnes y sagradas, que no debieran salir de los labios a no ser en tonos subyugados y con un sentimiento de reverencia.— La oración, cap. 18, pp. 244, 245.

Es la sentida oración de fe la que es oída en el cielo y contestada en la tierra. Dios entiende las necesidades de la humanidad. Él sabe lo que deseamos antes de que se lo pidamos. Él ve el conflicto del alma con la duda y la tentación. Nota la sinceridad del suplicante. Aceptará la humillación y aflicción del alma. «Pero yo miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu y que tiembla a mi palabra» (Isa. 66: 2).

Es privilegio nuestro orar con confianza, pues el Espíritu formula nuestras peticiones. Con sencillez debemos presentar nuestras necesidades al Señor, y apropiarnos de su promesa.— Ibid., cap. 6, pp. 73, 74.

Nuestras oraciones deben estar llenas de ternura y amor. Cuando anhelemos sentir de una manera más profunda y amplia el amor del Salvador, clamaremos a Dios por más sabiduría. Si alguna vez hubo necesidad de oraciones y sermones que conmuevan el alma, es ahora. El fin de todas las cosas está cercano. ¡Ojalá pudiésemos ver como debiéramos la necesidad de buscar de todo corazón al Señor! Entonces lo encontraremos. Quiera Dios enseñar a su pueblo a orar!— Ibid., cap. 2, p. 31.

 

EL TRONO DE GRACIA 

 

Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García

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