Diles: «Así ha dicho Jehová el Señor: Yo tomo el leño de José que está en la mano de Efraín, y a las tribus de Israel sus compañeros, y los pondré con el leño de Judá; haré de ellos un sólo leño, y serán uno en mi mano».
_Ezequiel 37: 19_
Cuando era pastor distrital, un día me encontré en una iglesia completamente desunida. Había dos bloques que se oponían entre sí, y unos pocos hermanos que miraban de un lado para el otro sin saber qué posición tomar.
Los pastores que llegaban para pastorear el distrito eran inmediatamente visitados por los líderes de uno u otro grupo. Si el pastor daba la mínima impresión de que apoyaba a un grupo, el otro se declaraba enemigo y hacia todo lo posible para derribarlo; muchos pastores ya habían sufrido por causa de eso.
¿Qué hacer para ayudar a una iglesia en esas circunstancias? El versículo de hoy fue una inspiración para mí. El reino de Israel estaba dividido. Efraín y las tribus de Israel, sus compañeras de un lado y Judá del otro. El reino se había dividido después de la muerte de Salomón (1 de Reyes 11: 33-38). Esa división, aunque trágica, sirvió para proteger de alguna manera el reino de Judá de la idolatría que arrasó el reino del norte: Israel.
En esa división, aparentemente Judá tenía la razón e Israel estaba equivocado, pero el tiempo demostró que Judá también estaba equivocado, igualmente cayó en la completa apostasía que trajo como consecuencia el exilio.
Una casa dividida no puede sobrevivir. No es el plan de Dios que sus hijos anden en grupos divididos. El tiene un sólo cuerpo y quiere que todos los miembros de su cuerpo marchen en armonía. Por eso, en los tiempos del profeta Ezequiel el Señor da el secreto para que la unidad vuelva al seno de la iglesia. «Haré de ellos un sólo leño, y serán uno en mi mano».
«En mi mano». Ahí está el secreto. No en mis argumentos, no en mis métodos, sino «en mi mano».
Como pastor de esa iglesia, caí a los pies de Jesús, Él era capaz de unir mi iglesia. Sólo el podría operar el milagro de derretir los corazones orgullosos que estaban en peligro de pecar contra el Espíritu Santo, al permitir que la situación de prolongara por tanto tiempo.
Esta gente era sincera. Yo quería creer que ellos amaban a Dios. ¿O estarían desperdiciando su tiempo en la iglesia, sabiendo que finalmente se perderían?
Hice una semana de oración. Prediqué todas las noches acerca de Cristo. Levanté a Jesús en la cruz del Calvario, lo mostré con los ojos llenos de lágrimas y muriendo por un pueblo rebelde y orgulloso. Una de las noches hice un llamado y el milagro sucedió. Una tras otras, las personas fueron pasando al frente. Se abrazaba, se pedían perdón. Desde el púlpito podía ver las dos varas, hechas una sola, en las manos de Jesús.
¿Podrá suceder el mismo milagro en el seno de nuestra familia? ¿En la escuela donde trabajamos? ¿En nuestra oficina?
¡Vivamos hoy una vida de compañerismo en las manos de Jesús!
_Por Alejandro Bullón_
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“A Solas Con Jesus”