Donde hay vida hay crecimiento; en el reino de Dios hay constante intercambio: se recibe y se da; se recibe, y se le devuelve al Señor lo que es suyo. Dios obra por medio de cada verdadero creyente, y la luz y las bendiciones son dadas de vuelta en la obra que el creyente realiza. De este modo aumenta la capacidad de recibir. Al impartir los dones celestiales, el creyente deja espacio para que frescas corrientes de gracia y verdad fluyan al alma desde la fuente viva. Mayor luz, conocimiento y bendiciones más amplias llegan a pertenecerle. En esta obra, que se realiza en torno de cada miembro de la iglesia, se encuentra la vida y el crecimiento de la iglesia. Aquel cuya vida consiste en recibir siempre sin dar jamás, pronto pierde las bendiciones. Si la verdad no fluye de él hacia los demás, pierde su capacidad de recibir. Debemos impartir las bondades del cielo si queremos bendiciones frescas.
Al impartir el conocimiento de la verdad, este aumentará. Todos los que reciben el mensaje del evangelio en su corazón anhelarán proclamarlo. El amor de Cristo ha de expresarse. Los que se han vestido de Cristo relatarán su experiencia, reproduciendo paso a paso la dirección del Espíritu Santo: su hambre y sed por el conocimiento de Dios y de Cristo Jesús, a quien él ha enviado; el resultado de escudriñar las Escrituras; sus oraciones, la agonía de su alma, y las palabras de Cristo a ellos dirigidas, “Tus pecados te son perdonados”.
No es natural que alguien mantenga secretas estas cosas, y aquellos que están llenos del amor de Cristo no lo harán. Su deseo de que otros reciban las mismas bendiciones estará en proporción con el grado en que el Señor los haya hecho depositarios de la verdad sagrada. Y a medida que hagan conocer los ricos tesoros de la gracia de Dios, les será impartida cada vez más la gracia de Cristo. Tendrán el corazón de un niñito en lo que se refiere a su sencillez y obediencia sin reservas. Sus almas suspirarán por la santidad, y cada vez les serán revelados más tesoros de verdad y de gracia para ser transmitidos al mundo (La maravillosa gracia de Dios, p. 63).
Las gracias del Espíritu de Cristo deben ser grandemente apreciadas y reveladas por los hijos e hijas de Dios. Mediante su humildad, su penitencia, su deseo de ser semejantes a Jesús, de ser amoldados a su voluntad mediante la práctica de sus lecciones en la vida diaria, lo honrarán.
“Vosotros labranza de Dios sois”. 1 Corintios 3:9 . Tal como uno se complace en cultivar un jardín, Dios se deleita en sus hijos que crecen. Un jardín exige trabajo constante. Es necesario arrancar las malas hierbas; es necesario cultivar nuevas plantas; Hay que podar las ramas que se desarrollan con demasiada rapidez. Así trabaja el Señor por su jardín; así cuida sus plantas. No puedes gozar en ningún desarrollo que no revele las virtudes del carácter de Cristo. La sangre de Jesús ha logrado que los seres humanos sean el tesoro de Dios. Por lo tanto, ¡cuán cuidadosos debemos ser en no manifestar demasiada libertad en arrancar las plantas que Dios ha colocado en su jardín! Algunas plantas son tan débiles que apenas tienen vida, ya estas Dios dedica especial cuidado.
En vuestro trato con los demás seres humanos, no olvidéis nunca que aquellos son propiedad de Dios. Sed bondadosos; sed compasivos; Sed corteses. Respetad lo que Dios ha adquirido. Trataos unos a otros con amabilidad y cortesía. Ejercitad toda facultad dada por Dios para ser ejemplo a los demás (La maravillosa gracia de Dios, 26 de febrero, p. 65).
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Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2026.
3er. Trimestre 2026 «PRIMERA Y SEGUNDA A LOS CORINTIOS»
Lección 11 «MAYORDOMÍA Y MISIÓN»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Esther Jiménez
