«UNA MADRE ESCLAVA»

 

« Educa a tu hijo desde niño, cuando llegue a viejo seguirá tus enseñanzas».   Proverbios 22: 6, TLA

A Jocabed, debido a su condición de mujer y de esclava, le estaba reservado un porvenir duro y  sombrío. el mundo no ha recibido beneficios mayores mediante ninguna otra mujer, con excepción de María de Nazaret. Sabiendo que su hijo  había de pasar pronto de su cuidado  al de quienes no conocían a Dios, se esforzó con  la máxima dedicación a unir  su alma con el cielo.— La educación, cap. 7, p. 57.

Trató de inculcarle la reverencia a Dios y el amor a la verdad y a la justicia, y oró fervorosamente que fuera preservado de toda influencia corrupta. Le mostró la insensatez y el pecado de la idolatría, y desde  muy temprana edad lo enseño a postrarse  y orar al Dios viviente, el único que podía oírlo y ayudarlo en cualquier emergencia.

La madre retuvo a Moisés tanto tiempo como pudo, pero se vió obligada a entregarlo cuando tenía como  doce años. De su humilde cabaña fue llevado al palacio real, y la hija del faraón lo prohijó. Pero en Moisés no se borraron  las impresiones que había recibido en su niñez. No podía olvidar las lecciones que aprendió  junto a su madre. Le  fueron un escudo contra el orgullo, la incredulidad y los vicios que florecían en medio del esplendor de la de la corte.

¡Cuán grande había sido en sus resultados la influencia de aquella mujer hebrea, a  pesar de ser una esclava desterrada! Toda la vida de Moisés y la gran misión que cumplió como caudillo de Israel  dan fe de la importancia de la obra de una madre piadosa.  Ninguna otra tarea se puede igualar a esta. En un grado  sumo, la madre modela con sus manos el destino  de sus hijos. Influye en las mentes y los caracteres, y trabaja no solamente para el presente sino también para la eternidad. Siembra la semilla que  germinará y dará fruto, ya sea para el bien o para el mal. La madre no tiene que pintar una forma bella sobre un lienzo, ni cincelarlo en un mármol, sino que tiene que grabar la imagen divina en el alma humana.

Toda madre debe comprender que su tiempo no tiene precio; su obra ha de probarse en el  solemne día de la rendición de cuentas.— Patriarcas y profetas, cap. 21, p. 222

 

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Por: Elena G de White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García

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