De pronto, el viento empezó a soplar con más fuerza. No era una brisa fresca y agradable. ¡Era un viento fuerte y frío! El viento tempestuoso formó grandes olas. Algunas de esas olas chocaron contra el barco. ¡El viento soplaba cada vez más y más fuerte! Era difícil guiar el barco.
¡Los discípulos tuvieron miedo! ¡Sabían que la tormenta podía hundir su barco! Un relámpago brilló y vieron a Jesús durmiendo en la parte trasera del barco.
—¡Jesús!, ¡Jesús!, ¡sálvanos! —gritaron.
Inmediatamente, Jesús se despertó. Sintió las olas golpeando el barco. Vio a los discípulos amedrentados. Rápidamente, se puso de pie. De inmediato, dijo:
—¡Calla, enmudece! Y enseguida, el fuerte viento dejó de soplar. Las olas dejaron de golpear el barco. La noche estaba tranquila y apacible.
—¿Por qué tuvieron miedo? —preguntó Jesús a sus discípulos—. ¡No deben tener miedo! ¡Yo estoy con ustedes!
Los discípulos se sintieron mucho mejor. Sabían que estaban seguros porque Jesús estaba con ellos.
Cuando sientes miedo, tú también puedes decir: “¡Jesús, por favor, ayúdame!”, así como hicieron los discípulos.
Puede ser que alguna vez veas a alguien atemorizado. Puedes ayudarle a sentirse seguro. Puedes ayudarle a decir: “¡Jesús, por favor, ayúdame!”. Tal vez puedes darle un abrazo o sostener su mano. O puedes ayudarlo llevándolo junto a una persona mayor. Tú puedes ayudar a tus amigos a sentir seguridad. Puedes decirles también que Jesús los ayudará.