El mismo espíritu y los mismos principios en que uno se inspira en el trabajo diario compenetrarán toda la vida. Los que buscan una tarea fija y un salario determinado, y desean dar pruebas de aptitud sin tomarse la molestia de adaptarse o de prepararse, no son los hombres a quienes Dios llama para trabajar en su causa. Los que procuran dar lo menos posible de sus facultades físicas, mentales y morales, no son los obreros a quienes Dios puede bendecir abundantemente. Su ejemplo es contagioso. Los mueve el interés personal. Los que necesitan que se los vigile, y sólo trabajan cuando se les señala una tarea bien definida, no serán considerados buenos y fieles obreros. Se necesitan hombres de energía, integridad y diligencia; que estén dispuestos a hacer cuanto deba hacerse.
Muchos se inutilizan porque, temiendo fracasar, huyen de las responsabilidades. Dejan así de adquirir la educación que es fruto de la experiencia, y que no les pueden dar la lectura y el estudio ni todas las demás ventajas adquiridas de otros modos.
El hombre puede modelar las circunstancias, pero nunca debe permitirse que ellas lo amolden a él. Debemos valernos de las cir- cunstancias como de instrumentos para obrar. Debemos dominarlas, y no consentir en que nos dominen.
Los hombres fuertes son los que han sufrido oposición y con- tradicción. Por el hecho de que ponen en juego sus energías, los obstáculos con que tropiezan les resultan bendiciones positivas. Llegan a valerse por sí mismos. Los conflictos y las perplejidades invitan a confiar en Dios, y determinan la firmeza que desarrolla el poder.—El Ministerio de Curación, 397-400.
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Sección 5—LA PREPARACIÓN PARA LA OBRA DE LA VIDA Cap. 57”
Por: Elena G De White
Colaboradores:Liseth Orduz
