«Entonces Natán le dijo a David: «¡Tú eres ese hombre!»».
2 Samuel 12: 7, NTV
Con el transcurso del tiempo se fue conociendo el pecado de David para con Betsabé, y se despertó la sospecha de que él había planeado la muerte de Urías. Esto redundó en deshonor para el Señor. Él había favorecido y ensalzado a David, y el pecado de este representaba mal el carácter de Dios, y echaba oprobio sobre su nombre. Tendía a rebajar las normas de la piedad en Israel, a aminorar en muchas mentes el aborrecimiento del pecado, mientras que envalentonaba en la transgresión a los que no amaban ni temían a Dios.
El profeta Natán recibió órdenes de llevar un mensaje de reprensión a David. Era un mensaje terrible en su severidad. A pocos soberanos se les podría haber dirigido una reprensión sin que el mensajero perdiera la vida. Natán transmitió la sentencia divina sin vacilación, aunque con tal sabiduría celestial que despertó la compasión y la conciencia del rey, y lo indujo a que con sus labios emitiera su propia sentencia de muerte. […]
Como David, los culpables pueden procurar que su crimen quede oculto para los demás; pueden tratar de sepultar la acción perversa para siempre, a fin de que el ojo humano no la vea ni lo sepa la inteligencia humana; pero «todo está al descubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas» Heb. 4: 13, NVI.— Patriarcas y profetas, cap. 71, pp, 711, 712.
La parábola de la cordera relatada por el profeta Natán al rey David debería ser estudiada por todos. […] Mientras seguía su camino de complacencia propia y transgresión de los mandamientos, le fue presentada la parábola del hombre rico que sacó a uno pobre su única cordera. Pero el rey estaba tan plenamente envuelto en su vestidura de pecado, que no comprendió que él era el pecador. Cayó en la trampa, y […] dictó la sentencia de muerte para otro hombre, según suponía, condenándolo a muerte. […]
Esta experiencia fue muy penosa para David, pero también muy benéfica. De no haber sido por el espejo que Natán sostuvo delante de él, en el cual reconoció tan claramente su propia semejanza, no habría llegado a la convicción de su pecado atroz y la ruina lo habría alcanzado. La convicción de su culpa fue la salvación de su alma. Se vio bajo otra luz, como el Señor lo veía, y a lo largo del resto de su vida se arrepintió de su pecado.— Comentario bíblico adventista, t. 2, p. 1017.
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Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
