“Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. Juan 14:3
Una de nuestras mayores necesidades psicológicas es la esperanza. La gente desesperada se siente atrapada y hace cosas impredecibles contra ella misma o contra los demás. Se dice que “uno puede vivir algunas semanas sin comida, algunos días sin agua, pero solo unos pocos momentos sin esperanza”. La esperanza eleva nuestros espíritus, anima nuestros corazones, nos inspira a seguir adelante aun en los peores momentos. A veces, todo lo que necesitamos para mantenernos es una vislumbre de esperanza, creer que algún día las cosas van a ir mejor que hoy.
Jesús les dio a sus discípulos razón suficiente para que se llenaran de esperanza. Justo antes de su crucifixión, los alentó con estas palabras: ‘No se turbe vuestro corazón” Juan l4:1). Dicho de otro modo: No se angustien, no se llenen de ansiedad, no dejen que los abrume la preocupación o que los controle el dolor. “Vendré otra vez, para llevarlos conmigo” Juan l9:3, versión popular Dios habla hoy).
Jesús prometió que regresaría por los suyos. Prometió llevarnos a un lugar mejor, que está preparando para nosotros. Él es quien sostiene el futuro, el que tiene la última palabra.
La promesa del retorno de nuestro Señor y Salvador se acentúa y reitera a lo largo de las Escrituras. Por cada pasaje del Antiguo Testamento que se refiere a la primera venida de Jesús, ocho se refieren a la segunda. La segunda venida de Cristo se menciona más de 1.500 veces en la Biblia. Se alude a ella en uno de cada veinticinco versículos del Nuevo Testamento. La promesa del retorno de Cristo nos da una firme esperanza en tiempos de incertidumbre. Las Escrituras nos aseguran que la historia terminará con la gloriosa aparición de Jesucristo, no con una guerra nuclear, biológica o química. Nuestro futuro no depende del hongo de una nube de humo y de polvo, sino de la que formen Jesucristo y sus huestes de gloria al acercarse a la Tierra.
Lea las confiadas palabras de Pablo en Tito 2: l3: “Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”. La bendita esperanza puede sostenernos con la mirada fija en lo alto, aun cuando nos asalte la tragedia, la enfermedad, la devastación, el desastre, la muerte, el desaliento o la depresión. La bendita esperanza nos eleva de lo que es a lo que será. Enfoca nuestros ojos en las glorias del cielo, antes que en las dificultades de la Tierra.
El regreso de nuestro Señor siembra la semilla de la fe en nuestros corazones. Aférrese de la esperanza. Aliméntese de ella. Atesórela. Permita que su corazón se eleve con la realidad de esta certeza: “Sea lo que fuere que hoy tenga que afrontar, me aguarda el brillante futuro que mi amado Salvador la planeado para mí”.
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Lecturas Devocionales Familiares 2023
«SOBRE TIERRA FIRME »
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal & Paty Solares
