Sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. SAL 1:2.
El mundo de Jeremy Levin se le vino abajo cuando los musulmanes chiítas lo capturaron, y le llevaron como misionero al valle de Bekaa, en el Líbano. Levin, jefe de la agencia para la CNN en Beirut, se sentía aislado, desamparado y temeroso. El único momento en que reía a otro ser humano era cuando sus captores lo acompañaban al baño, una vez al día. De cuclillas, en un rincón del cuarto sin ventanas donde lo habían encerrado, hora tras hora y mes tras mes, Jeremy sentía que necesitaba hablar, pero temía volverse loco si hablaba consigo mismo, de modo que considero la posibilidad de hablar con Dios. Al principio, se sintió un poco incómodo. Aunque era nieto de un rabino, Jeremy había decidido —hacía ya mucho tiempo— que sólo creería en cosas concretas, cosas que pudiera tocar y sentir. Pero con tan poco para tocar y sentir en aquella celda solitaria, opto por probar hablar con Dios. Para su sorpresa, pronto notó que había entablado un diálogo real: una conversación, a la que ambas partes contribuían.
La oración es mucho más que un monólogo. Mientras meditamos serenamente, abriendo nuestros corazones a Dios, él nos habla. Su Espíritu impresiona el nuestro. Es verdad que, con el trajín de la vida del siglo XX1, es difícil oír su voz; se ahoga en la confusión de nuestra vida diaria. Sin embargo, el salmista describe al justo como alguien que “medita” en la ley de Dios “de día y de noche” (Sal. 1:2); alguien que medita en “las obras del Señor” (Sal. 77:11, 12) y en el Señor mismo, “en las vigilias de la noche” (Sal. 63.6).
La meditación cristiana, como parte de una vida de oración significativa, es muy diferente del misticismo oriental. La meditación cristiana no consiste en intentar vaciar o aclarar la mente, sino en llenarla concentrándola en el amor de Dios, en su ley, en sus obras, en su bondad y en su generosidad; en suma, consistente en llenarla de Dios, pensando en él. Así, en esos momentos de quietud, percibimos su preciosa cercanía.
“Las relaciones entre Dios y cada una de las almas son tan claras y plenas como si no hubiese otra alma por la cual hubiera dado a su hijo amado” (el camino a Cristo, p 110).
La meditación prepara el ambiente para que captemos la voz de Dios. ES la atmósfera en la que Dios, serenamente, impresiona nuestras almas. Em el silencio y la quietud, podemos oír su voz. ¿Porque no desarrollar este hábito de devoción esta semana? Tomemos nuestras Biblias algún lugar tranquilo, temprano por la mañana, o más tarde, en la noche. Comencemos con el primero de los salmos. . . Leamos algunos versículos y pidamosle a Dios que nos hable a través de su Palabra. Estemos atentos a su voz.
Es posible que le tome unos días acostumbrarse a este patrón de meditación; pero no tardara en percibir la presencia de Dios, y sentía, cada vez con más fuerza, el deseo de pasar más momentos especiales de comunión con él.
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Colaboradores: Familia Mariscal & Paty Solares
