«No tuvo ya la oportunidad de arrepentirse, aun cuando con lágrimas buscó la bendición». Hebreos 12: 17, PVC
Tan pronto dejó Jacob la tienda de su padre, entró Esaú. Aunque había vendido su primogenitura y confirmado el cambio con un solemne juramento, ahora estaba decidido a conseguir sus bendiciones, a pesar de las protestas de su hermano. Con la primogenitura espiritual estaba unida la temporal, que le daría el gobierno de la familia y una porción doble de las riquezas de su padre. Estas eran bendiciones que él podía valorar.
Esaú había menospreciado la bendición mientras parecía estar a su alcance, pero ahora que se le había escapado para siempre, deseó poseerla. Se despertó toda la fuerza de su naturaleza impetuosa y apasionada, y su dolor e ira fueron terribles. Gritó con intensa amargura: <<Bendíceme también a mí, padre mío».
No podía recobrar la primogenitura que había despreciado de forma tan insensata. «Por una vianda», con que satisfizo momentáneamente el apetito que nunca había reprimido, vendió Esaú su herencia; y cuando comprendió su locura, ya era tarde para recobrar la bendición. [ ]
Esaú no quedaba privado del derecho de buscar la gracia de Dios mediante el arrepentimiento; pero no podía encontrar medios para recobrar la primogenitura. Su dolor no provenía por estar convencido de haber pecado; no deseaba reconciliarse con Dios. Se entristecía por los resultados de su pecado, no por el pecado mismo.— Patriarcas y profetas, cap. 16, p. 161.
El arrepentimiento incluye tristeza por el pecado, y además, abandonarlo. No renunciaremos al pecado a menos que nos demos cuenta de su malignidad; y mientras no lo repudiemos de corazón no habrá cambio real en nuestra vida.
Muchos no entienden la verdadera naturaleza del arrepentimiento; y se entristecen por haber pecado, e incluso se reforman exteriormente, porque temen que su mala conducta les provoque sufrimiento. Pero esto no es arrepentimiento en el sentido bíblico. Lamentan el sufrimiento más bien que el pecado. Eso fue lo que sintió Esaú cuando vio que había perdido su primogenitura para siempre.— El camino a Cristo, cap. 3, p. 36.
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Por: Elena G de White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
