¿Qué pensáis vosotros, los que en la tierra de Israel usáis este refrán, que dice: «Los padres comieron las uvas agrias, y a los hijos les dio dentera»?_Ezequiel 18: 2_
Los israelitas repetían constantemente este proverbio, dando a entender que Dios era injusto porque los estaba castigando por causa de los pecados cometidos por sus padres. Pero Ezequiel se levanta y dice que no es así, y que Dios no es injusto hasta el punto de castigarlos por algo que no cometieron. ¿Cómo entender esta declaración de Ezequiel a la luz de lo que el mismo Dios dice en el segundo mandamiento, de que la maldad alcanzaría hasta la tercera y cuarta generación?
Lo que necesitamos entender es la diferencia que existe entre las «consecuencias» del pecado y el «castigo» por el pecado. «Es inevitable que los hijos sufran las consecuencias de la maldad de sus padres, pero no son castigados por la culpa de sus padres, a no ser que participen de los pecados de estos» _(Patriarcas y Profetas, pág. 313)_
Por ejemplo, es inevitable que un padre alcohólico transmita a sus hijos algún problema propio del hombre alcoholizado, o que una madre embarazada que fuma, obligue a su hijo a nacer con algunos problemas congénitos. La criatura nacerá con dificultades, que tal vez lo acompañarán toda la vida, pero eso no es un castigo de Dios; es simplemente la consecuencia natural de haber quebrantado algunas leyes físicas de la vida.
En la Biblia no encontramos ninguna base para pensar que la vida buena o mala de los padres tenga algo que ver con la salvación o la perdición de los hijos, pero sí encontramos el pensamiento de que la salvación o la perdición es un asunto de decisión personal, en el cual no siquiera Dios puede intervenir. El hombre, y únicamente el hombre, tiene el derecho de aceptar o rechazar la salvación.
Cuando Jesús estuvo en esta Tierra, sus discípulos vieron a un hombre ciego y le preguntaron: «¿Quién pecó, este o sus padres?» (Juan 9: 2). Esa era la idea distorsionada que tenían: todo lo que sucede de malo a una persona es el resultado del pecado, o de los padres o de ella misma. Pero eso no siempre es verdad. Hay muchas cosas falladas como consecuencia del mundo deformado en el cual vivimos. Una persona puede contraer un cáncer pulmonar sin haber fumado jamás, o sin haber heredado algún problema de los padres.
El versículo de hoy trata de sacar de la mente de las personas la idea diabólica de que Dios es un Dios cruel, que se regocija en ver sufrir a sus hijos. Muchas veces Él ve con tristeza el nacimiento de un niño que carga, en su inocente vida, las consecuencias naturales de las transgresiones de las leyes físicas cometidas por sus padres; pero eso no es castigo. No hay implicaciones espirituales en ese sufrimiento. Él no se salvará o perderá por eso. El niño, al crecer, tendrá que ser el mentor de sus propias decisiones.
_Por Alejandro Bullón_
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