«Porque todo lo que hay en el mundo, es decir, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo».
1 Juan 2: 16, RVC
El orgullo y el amor al mundo son trampas que constituyen grandes obstáculos a la espiritualidad y al crecimiento en la gracia. Este mundo no es el cielo del cristiano, sino solo el taller de Dios donde hemos de ser preparados para unimos con los ángeles sin pecado en un cielo santo. Debiéramos estar preparando la mente en forma constante para que elabore pensamientos nobles y abnegados. Esta educación es necesaria para que ejercitemos las facultades que Dios nos ha dado a fin de que su nombre sea más glorificado en la tierra todavía. Somos responsables de las nobles cualidades que el Señor nos ha concedido, y usarlas para algo que él nunca tuvo en vista constituye una vil ingratitud. El servicio de Dios requiere todas las facultades de nuestro ser, y dejaremos de cumplir la voluntad de Dios a menos que llevemos esas facultades a un alto nivel de educación, y entrenemos la mente para que ame las cosas celestiales y las contemple, y fortalezca y ennoblezca las energías del alma para que se dedique a la acción correcta, y obre para la gloria de Dios.
A menos que la mente sea educada para que se espacie en temas religiosos, será débil en este sentido. Pero cuando se dedica a empresas mundanales es fuerte, porque se la ha cultivado en ese sentido, y se ha fortalecido con el ejercicio. la razón por la cual les resulta tan difícil vivir vidas religiosas a los hombres y mujeres, es que no ejercitan la mente para la piedad. Se la ha entrenado para que discurra en la dirección opuesta. A menos que la mente se ejercite constantemente para obtener conocimiento espiritual, y trate de comprender el misterio de la piedad, será incapaz de apreciar las cosas eternas. Cuando el corazón está dividido, y se dedica principalmente a las cosas del mundo y muy poco a las cosas de Dios, no puede haber un incremento especial de la fortaleza espiritual.
Mientras los mundanos dedican todo su entusiasmo y su ambición a obtener los tesoros terrenales, el pueblo de Dios no se conforma a este mundo, sino que manifiesta, mediante su actitud fervorosa de vigilia y espera, que ha sido transformado; que su hogar no está en el mundo, sino que está buscando una patria mejor: la celestial.— Testimonios para la iglesia, t. 2, pp. 169-171, 176.
CRECIENDO EN LA GRACIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
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