TERCERA PARTE HISTORIA 07: EL PRIMER RASCACIELOS

«Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras.» Génesis 11:1


NADIE sabe cuánto tiempo se quedaron Noé y su familia sobre el monte Ararat. Es muy probable que se hayan quedado allí durante mucho tiempo, usando el arca como depósito de los alimentos y las semillas que habían llevado consigo.

De hecho, no había otro lugar donde pudieran vivir. No había casas ni edificios de ningún tipo. De modo que se quedaron allí mientras Sem, Cam y Jafet salían a explorar los valles cercanos en busca de un lugar para establecerse y comenzar a cultivar nuevamente.

Al comenzar el descenso de la montaña, más de una vez deben haberse detenido a contemplar con tristeza el gran barco que había significado tanto para ellos durante muchos años, hasta que finalmente se ocultó de su vista tras la niebla que cubría la cima. No sabemos si alguna vez regresaron o qué pasó con él. Quizá quedó sepultado bajo la profunda nieve que cayó luego sobre ella, y finalmente se desintegró.

La marcha de descenso era difícil, porque no había ningún camino, por supuesto, ni siquiera un sendero. Tenían que trepar rocas escabrosas, piedras enormes y árboles caídos. En las depresiones de los cerros, se encontraban con grandes masas de agua y enormes extensiones de terreno pantanoso. A cada paso del camino veían evidencias claras de la tremenda destrucción causada por el diluvio. Por todas partes parecía haber señales recientes de la maldición que el pecado había provocado.

Pero no había tiempo que perder. Necesitaban construir un nuevo hogar, y rápido, porque había un bebé en camino. La Biblia dice que Arfaxad nació «dos años después del diluvio». Era el hijito de Sem y el nieto de Noé y, cuando nació, estoy seguro de que Noé estaba muy orgulloso de él. Este es el primer bebé que se menciona en la Biblia nacido en el nuevo mundo.

Pero no fue el único bebé que nació en aquellos tiempos. Muchos otros bebés nacieron después de él. Sem, Cam y Jafet, todos tuvieron familias numerosas. Pronto, el primer hogar que construyeron no tenía lugar suficiente para alojarlos a todos, y comenzaron a esparcirse en todas direcciones. Cuando los hijos crecían y se casaban, ellos también se marchaban para establecer sus propios hogares. Así, lentamente al comienzo, luego cada vez más rápido, la cierra comenzó a repoblarse.

Para fines del primer siglo después del diluvio, la familia de Noé había aumentado a cientos de familias y muchísimos niños. Bien podrían haber sido medio millón de personas en la tierra.

Una de las grandes cuestiones que estaba en boca de todos era dónde vivir. ¿Deberían dividirse e irse a alguna parte distante e inexplorada del mundo o quedarse cerca de su hogar? La mayoría decidió que preferían seguir juntos. Nadie quería irse demasiado lejos del bisabuelo Noé que, como recordarás, vivió 350 años después del diluvio.

Muchas veces deben haber conversado acerca de lo que Noé y sus hijos habían conocido antes del diluvio, y cómo fue destruido por causa del pecado. ¡Qué historias maravillosas podía contar Noé en aquellos días!

Nadie dudaba del diluvio entonces. El acontecimiento era demasiado reciente. Y si alguien dudaba de la autenticidad de la historia del arca, podía escalar el monte Ararat y verlo con sus propios ojos.

Un día, alguien presentó una inquietud. ¿Cómo sabemos que no habrá otro diluvio que nos haga perecer ahogados como nuestros antepasados?

—Pero está el arco iris —respondió alguien—. Cuando lo vemos, debemos recordar la promesa de Dios de que nunca más destruirá la tierra con un diluvio.

—Pero no es razonable confiar nuestro futuro y el futuro de nuestros hijos en el arco iris —sugirió otro—. Debiéramos hacer algo al respecto y ponernos a salvo, en caso de que venga otro diluvio.

Y así, «un día se dijeron unos a otros: ‘Vamos a hacer ladrillos, y a cocerlos al fuego’. Fue así como usaron ladrillos en vez de piedras, y asfalto en vez de mezcla. Luego dijeron: ‘Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo nos haremos famosos y evitaremos ser dispersados por toda la tierra'».

La idea prendió. Liderados por Nimrod, el «valiente cazador», pronto todos se pusieron a ayudar a hacer ladrillos y a llevarlos hasta el lugar de la construcción. Ese «todos» no incluía a Noé y a algunos otros que recordaban las promesas de Dios y confiaban en que él las cumpliría.

Construir una torre que traspasara las nubes era una tarea colosal y debe haberles llevado mucho tiempo y esfuerzo. Pero gradualmente comenzó a tomar forma. Semana tras semana, y mes tras mes, el primer rascacielos del mundo se elevaba sobre la llanura de Sinar.

A medida que se hacía cada vez más alta, con largas filas de gente que con paciencia subía los ladrillos por las empinadas rampas, todos se sentían complacidos. Ahora podían construir una gran ciudad alrededor de esta torre y tener un lugar seguro para refugiarse en caso de que viniera otro diluvio sobre ellos.

Pero Dios no estaba complacido. No le gusta que duden de su palabra, al igual que a ti y a mí.

La Biblia dice que «el Señor bajó para observar la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo».

De entre todos los cientos de atareados constructores, ninguno se dio cuenta de que Dios estaba tan cerca. Pero allí estaba, junto a ellos. Pensaron que todo estaba marchando bien sin él, pero en realidad no era así. Nunca es prudente olvidarse de Dios, porque él ve y sabe todo lo que hacemos.

¿Y qué pensaba Dios de la torre que la gente estaba construyendo? No mucho. Por cierto, debe haberle parecido muy pequeña y miserable en comparación con los imponentes Himalayas de la India, los altísimos Alpes de Suiza, los elevados Andes de América del Sur y las Montañas Rocallosas de Norteamérica que él creó! ¡Qué lamentable montoncito de tierra era ese, después de todo!

Sin embargo, era peligroso. Dios vio que iba a mantener a la gente reunida en un lugar, mientras que él quería que se dispersaran por la tierra. Además, si todos permanecían juntos, no solo crecería una gran ciudad allí, sino un imperio que, controlado por hombres perversos, podría frustrar su benigno propósito para la humanidad.

Algo había que hacer, y Dios eligió una manera original para desbaratarles el proyecto. Confundió la lengua de los constructores. En otras palabras, hizo que algunos hablaran en un idioma y otros en otro idioma, para que no pudieran entenderse entre sí.

El efecto fue asombroso. Sino imagínate qué ocurriría en la escuela una mañana si todos los niños de tu clase de repente comenzaran a hablar un idioma diferente. ¿Cuánto avanzaría la maestra con la clase? Y ¿a qué podrías jugar en el recreo? Todo sería un lío terrible, ¿verdad? Lo más probable es que cerraran la escuela y que todos se fuesen a sus casas.

Y eso es precisamente lo que ocurrió en la torre de Babel. Un capataz pedía más ladrillos, y un hombre le traía mezcla. Otro pedía mezcla y recibía una carga de ladrillos. Cuando se le pedía a un obrero que trajera una llana, traía un martillo; y cuando se le pedía un martillo, traía una pala o, simplemente, se iba sin saber qué le habían dicho.

Pronto comenzaron a levantarse voces airadas y, antes de mucho, todos se gritaban entre sí y se golpeaban, hasta que reinó la confusión por todas partes.

Nadie podía comprender lo que había ocurrido, y nadie sabía qué hacer al respecto. Uno a uno se iban disgustando y abandonaban el trabajo. La obra de la torre se detuvo.

De regreso a sus hogares, algunos tal vez salieron a comprar algo, pero no podían comprar nada, porque los comerciantes no podían comprender lo que ellos querían. Muy pronto hubo gran revuelo en todo el lugar.

Entonces, un hombre le dijo a su esposa:

—Esto es espantoso. Empaquemos y vayámonos. Ya no puedo soportar más esto.

Así que juntó sus pertenencias, reunió a su familia y a algunos otros que entendían lo que él decía, y se fueron.

Pronto, otro hombre hizo lo mismo, y otro, y otro. En pequeños grupos, comenzaron a marcharse en todas direcciones, hasta que finalmente no quedó nadie para seguir construyendo la torre.

Debe haber habido algunas despedidas muy tristes. Niños y niñas que habían jugado juntos trataban de despedirse, pero descubrían que no podían. Quizá se reían, asentían con la cabeza y se daban la mano, pero las palabras que trataban de decir sonaban raras y feas. Peor aún, no podían hacer planes de volverse a encontrar.

Fue duro, pero Dios pensaba solamente en su bien. Y todos necesitaban aprender la lección de que nunca vale la pena olvidarse de él o desconfiar de sus promesas.

www.meditacionesdiarias.com
www.faceboock.com/meditacionesdiariass
https://play.google.com/store/apps/details?id=com.meditacionesdiarias.mobile
https://open.spotify.com/show/7oF9U4nFuVbsX37N19PoNe
https://music.amazon.com.mx/podcasts/c98bee34-930c-4bae-baa1-558575905284/las-bellas-historias-de-la-biblia

Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Noel Ramos & Miguel Miguel

Salir de la versión móvil