«Entonces habló Dios a Noé, diciendo: Sal del arca tú, y tu mujer, y tus hijos, y las mujeres de tus hijos contigo. Todos los animales que están contigo de toda carne, de aves y de bestias y de todo reptil que se arrastra sobre la tierra, sacarás contigo; y vayan por la tierra, y fructifiquen y multiplíquense sobre la tierra.» Génesis 8:15-17
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HORA, llegó el gran momento esperado durante tanto tiempo por todos los del arca: la apertura de la gran puerta que Dios había cerrado.
Sin duda, Noé y sus tres hijos trataron de quitarla. Finalmente, se abrió con un fuerte chirrido, como si fuese movida por la misma mano poderosa que la había cerrado. ¡Cuán contentos deben haber estado todos de salir y volver a respirar aire fresco y dulce!
Tan agradecido estaba Noé por la forma en que Dios lo había salvado a él y a su familia del diluvio, que lo primero que hizo al desembarcar fue construir un altar y, sobre él, ofrecer en sacrificio «animales puros y aves puras».
Y en ese momento, cuando los únicos animales que existían en todo el mundo eran los que se habían salvado con él en el arca, ese era un verdadero sacrificio.
Dios estaba tan complacido que Noé haya recordado agradecerle por su liberación, que dijo:
—»Nunca más volveré a maldecir la tierra por culpa suya… Mientras la tierra exista, habrá siembra y cosecha, frío y calor, verano e invierno, y días y noches».
Ahora, a la orden de Dios, todas las demás aves y bestias quedaron en libertad. ¡Qué espectáculo debe haber sido! ¡Qué ruido habrán hecho al batir las alas, mientras las grandes águilas, las cigüeñas, las garzas y los flamencos se lanzaban al aire a volar hacia la libertad, mientras que los petirrojos, los gorriones, los zorzales y los jilgueros revoloteaban y saltaban detrás de ellos! ¡Cómo habrán trinado los ruiseñores, cómo habrán graznado los mirlos y cómo habrán entonado los sinsontes el canto de todas las aves a la vez en el momento de la feliz liberación!
Leones y tigres, búfalos e hipopótamos, elefantes y jirafas, ovejas y cabras, perros y gatos; todos se habrán precipitado hacia la enorme puerta, empujándose unos a otros al descender por la rampa en su ansiedad por salir al aire libre otra vez. Y qué ruido deben haber hecho mientras cada uno expresaba su alegría. ¡Los leones rugían, los elefantes barritaban, los caballos relinchaban, los bueyes mugían, los burros rebuznaban y todos los perritos ladraban a más no poder!
Muchos de los animales desaparecieron inmediatamente, corriendo cuesta abajo por la ladera de la montaña, hasta que se perdieron de vista. Otros se quedaron cerca, prefiriendo la compañía humana, y Noé quizá se preguntaba qué haría con tantos si continuaban permaneciendo cerca del arca. Pero de dos en dos, y grupo tras grupo, comenzaron a dispersarse, dirigiéndose hacia el Norte, el Sur, el Este y el Oeste, buscando comida y cobijo. Finalmente, solo quedaron algunas vacas, ovejas, cabras y, por supuesto, los perritos y los gatitos.
Mientras tanto, Noé y su familia observaban el lugar desértico al que los había llevado el arca. Era una triste escena de desolación. Por todas partes había restos y ruinas producidos por las furiosas aguas. Había enormes árboles arrancados de raíz. Las encantadoras colinas habían sido barridas y no quedaba nada más que la roca desnuda. Las montañas habían quedado con cicatrices y picos. Las planicies, que en otro tiempo habían sido fructíferas, se habían convertido en desiertos.
No se veía ninguna vivienda humana por ningún lado. No quedaba ni el menor rastro de todas las hermosas casas que recordaban. Toda había sido aplastado por las gigantescas olas que arrasaron con todo cuando comenzó el diluvio. Fue suficiente para descorazonarlos.
Mientras estaban allí parados, viendo la desoladora escena, sintieron que la tierra se sacudió bajo sus pies, porque debe haber habido más de un sismo al asentarse la tierra después de las enormes erupciones, cuando «se reventaron las fuentes del mar profundo y se abrieron las compuertas del cielo». Sin duda, se sintieron atemorizados y solos en esa ladera que temblaba bajo sus pies. Bien pueden haberse preguntado qué cosa terrible estaba a punto de suceder.
De repente, Noé miró hacia arriba y, allí en el cielo, vio algo que nunca antes había visto. Como si tratara de rodear la arruinada tierra con sus brazos de amor, se reflejaba un glorioso y resplandeciente arco de muchos colores. Casi sin poder respirar, todos se quedaron mirándolo, mudos de asombro. ¿Qué era eso? ¿Qué podría significar?
Era el primer arco iris.
Y mientras contemplaban fascinados, Dios se acercó a ellos y les dijo:
—»He colocado mi arco iris en las nubes, el cual servirá como señal de mi pacto con la tierra. Cuando yo cubra la tierra de nubes, y en ellas aparezca el arco iris, me acordaré del pacto que he establecido con ustedes y con todos los seres vivientes. Nunca más las aguas se convertirán en un diluvio para destruir a todos los mortales. Cada vez que aparezca el arco iris entre las nubes, yo lo veré y me acordaré del pacto que establecí para siempre con todos los seres vivientes que hay sobre la tierra».
En otras palabras, Dios les estaba diciendo: «No me olvidé de ustedes. Ni tampoco nunca me olvidaré de ustedes y de las promesas que les hice. Cuando ustedes y yo veamos el arco iris, nos recordaremos mutuamente».
Solo un Dios de amor podría haber pensado en hablarle a sus hijos de esa forma en un momento como ese. Después de haber perdido todo —dinero, casas, todo excepto la vida misma y lo que habían llevado consigo en el arca—, estos pobres peregrinos sin hogar seguramente necesitaban un mensaje de consuelo y de esperanza como este.
Pero ahora, al haberse alegrado su corazón y al haberse renovado su valor, se dijeron nuevamente que, finalmente, todo saldría bien. ¡Qué bueno es saber que Dios todavía estaba con ellos, que Dios todavía los amaba! Y así, de la mano de él, avanzaron a través del resplandeciente arco que los cubría para construir un mundo nuevo con él.
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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Noel Ramos & Miguel Miguel
