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Las Bellas Historias de la Biblia

TERCERA PARTE HISTORIA 05: LA TRAVESÍA MÁS EXTRAÑA DE LA HISTORIA

«Y fue el diluvio cuarenta días sobre la tierra; y las aguas crecieron, y alzaron el arca, y se elevó sobre la tierra.» Génesis 7:17

RESISTIENDO las aguas enfurecidas, el arca es impulsada por corrientes violentas y vientos huracanados en la travesía más extraña de la historia.

Solo un navío con la más sólida construcción y el trabajo más esmerado podría haber soportado el ímpetu y las presiones de aquellos primeros días y noches cuando, con sismos espantosos, «las fuentes del mar profundo» se rompieron y «las compuertas del cielo» derramaron su diluvio mortal.

No había ningún lugar donde pudiera ir el arca, ningún puerto por ninguna parte, porque «tanto crecieron las aguas, que cubrieron las montañas más altas que hay debajo de los cielos». Así que iba a la deriva de aquí para allá, balanceándose y agitándose de un lado al otro, mientras las aterradoras corrientes «crecían y aumentaban».

Ascendía para chocarse contra una ola gigantesca y caía nuevamente en la depresión de las olas, solo para encontrarse con otra altísima ola blanca y espumosa que se le venía encima. Vez tras vez debe haber sido embestida por enormes murallas de agua que la barrían de popa a proa. Los árboles y troncos flotantes deben haber sido un peligro constante. Es un milagro que no haya zozobrado ni se haya hundido.

Las condiciones de su interior eran difíciles de soportar: las violentas sacudidas, la falta de luz y de aire fresco. Lo peor de todo era la incertidumbre, la incesante pregunta de cómo terminaría todo.

Por más grande que haya sido el arca, Noé y su familia eran los únicos pasajeros. Había lugar para cientos, pero nadie más quiso subir abordo. Y ahora todos los que se habían negado a hacerlo perecieron ahogados. Todos. Hombres y mujeres, niños y niñas. En todo el vasto mundo no quedó ningún rastro de vida. El mundo antiguo había desaparecido completamente bajo miles de millones de toneladas de agua. «Así murió todo ser viviente que se movía sobre la tierra: las aves, los animales salvajes y domésticos, todo tipo de animal que se arrastraba por el suelo, y todo ser humano… Sólo quedaron Noé y los que estaban con él en el arca».

¡Cómo debe haber vigilado Dios el arca a través de toda esta espantosa experiencia!

¿Alguna vez te pusiste a pensar cuánto significó esto para él? Todas sus esperanzas y sus planes para el mundo dependían de ese puñadito de gente en su interior. Solo a través de ellos se podrían cumplir sus promesas. Solo por medio de alguien que había en ese barco sacudido por la tempestad la Simiente de la mujer algún día podría aplastar la cabeza de la serpiente.

¡Cómo habrá tratado Satanás de hundir el arca en el furor de la tempestad! De haberlo logrado, habría logrado frustrar el propósito de Dios. Pero el arca no se hundió. Milagrosamente, soportó la tempestad.

«Dios se acordó entonces de Noé y de todos los animales salvajes y domésticos que estaban con él en el arca… Se cerraron las fuentes del mar profundo y las compuertas del cielo… el arca se detuvo sobre las montañas de Ararat».

No obstante, aun después de que el arca hubo tocado tierra, todavía no había tierra a la vista; solo agua, agua por todas partes.

El cese de movimiento, la creciente calma, el hecho de que no hubiese más olas grandes que azotaran los costados, le indicó a Noé que lo peor del diluvio había pasado y que el agua debía estar bajando.

«Y las aguas siguieron bajando hasta que el primer día del mes décimo pudieron verse las cimas de las montañas».

¡Qué día fue aquel! ¡Y qué grito debe haber salido de los ocho pasajeros ante la grata vista!

—¡Tierra! ¡Tierra! —deben haber exclamado, con la alegría de los que han estado en el mar durante mucho tiempo.

Ahora Noé «abrió la ventana del arca que había hecho» y soltó dos aves, primero un cuervo, después una paloma. El cuervo voló feliz «de un lado a otro», pero regresó. Siete días después, dejó salir una paloma, que finalmente volvió. Noé decidió esperar otra semana más para ver cuánto había descendido el agua para entonces.

Al final de la semana, soltó la paloma nuevamente. Esta vez regresó con una hoja de olivo en el pico. Todos se alegraron por ello, porque eso demostraba que no solo seguía bajando el agua, sino que todavía quedaban algunos árboles en pie.

Noé esperó otra semana y entonces volvió a enviar la paloma. Esta vez no volvió, y Noé se dio cuenta de que ahora ya habría mucha tierra libre de agua. De modo que «Noé quitó la cubierta del arca y vio que la tierra estaba seca».

La lluvia había cesado y el sol brillaba entre las nubes. El diluvio había terminado. Y la travesía más extraña de la historia había llegado a su fin, pues el arca descansó por fin sobre la cumbre de un monte de Asia Menor.

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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Noel Ramos & Miguel Miguel

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