«Y sucedió que al séptimo día las aguas del diluvio vinieron sobre la tierra.» Génesis 7:10
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Afuera, algunos también comienzan a hacerse preguntas. Les preocupan las puertas cerradas. Quizá debieran haberle hecho caso a Noé y haber entrado. Tal vez el viejo tenía razón, después de todo. Pero como no sucede nada, pronto se recuperan de sus temores y vuelven a sonreír, pensando en Noé allí adentro, con todos esos animales.
Pasan los días. Los últimos días del mundo. Tres, cuatro, cinco, seis.
El séptimo día, de madrugada, en vez de un sol brillante, el cielo se cubre de funestos nubarrones negros. Hay relámpagos y truenos. Comienzan a caer gotas de agua. Está lloviendo por primera vez en la historia del mundo. ¡Agua del cielo! ¡Así como dijo Noé que ocurriría! El anciano predicador tenía razón, después de todo.
Ahora llueve torrencialmente, y aumenta la intensidad a cada minuto. El agua comienza a caer a cántaros de los techos de las casas y a correr por los caminos. Los arroyos se llenan y se desbordan. Los terrenos bajos se empantanan.
Ahora, hay agua por todos lados. Las calles, los sótanos, las plantas bajas de las casas están todos inundados. La gente comienza a subir por las escaleras hasta los tejados. Algunos miran en dirección al arca y se cuestionan por qué no habrán entrado mientras la puerta todavía estaba abierta. Otros abandonan sus hogares y huyen a terrenos más elevados. Pero el agua los sigue.
—¡Es el diluvio! —gritan—. ¡El diluvio de Noé se nos viene encima!
Pero aún falta lo peor.
¡Mira allá! ¿Qué podrá ser eso? Una muralla de agua que avanza desde el mar. ¡Un maremoto!
Ahora, todos corren por su vida. Se trepan a los árboles y se apresuran desesperadamente a subir por las laderas de los montes. Pero el agua todavía sigue subiendo.
No hay escapatoria, porque «precisamente en el día… se reventaron las fuentes del mar profundo y se abrieron las compuertas del cielo».
Ahora algunos tratan trepar por los costados empinados del arca y golpean frenéticamente la puerta.
—¡Abran! —claman—. ¡Abran la puerta! ¡Déjennos entrar! ¡Nos arrepentimos de nuestros pecados!
Pero es demasiado tarde para arrepentirse ahora.
El agua sube, sube y sube con rapidez. Las casas son arrasadas. Los bosques desaparecen. Las montañas se convierten en islas y luego son ocultadas por las olas.
Los grupos de personas presas del pánico que se aferran desesperadamente a las últimas rocas altas se van reduciendo. Primero uno, después otro, pierden agarre y son lanzados en los mares embravecidos.
El agua se eleva cada vez más hasta que, finalmente, cubre hasta «las montañas más altas».
Mientras tanto, el mar azotado por el vendaval se encrespa alrededor del arca, la embiste, la arrastra, la salpica.
El imponente barco se bambolea, vira y se eleva. ¡Se hace a la mar!
¡Sí! Con su preciosa carga de vida se dirige del viejo mundo al nuevo.
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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Noel Ramos & Miguel Miguel