sábado , 24 octubre 2026
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Las Bellas Historias de la Biblia

TERCERA PARTE – HISTORIA 01: SANGRE EN LOS DINTELES

EN ESA última tarde en Egipto, cada padre y cada madre de los hebreos tenía una preocupación secreta. Si era cierto, como Moisés había anunciado, que un ángel vendría esa noche a matar a todos los primogénitos de Egipto, ¿podrían estar seguros de que no cometería alguna equivocación? ¿Podría diferenciar bien un hogar egipcio de un hogar hebreo?

Para evitar que ninguna familia que tuviera fe en él padeciera esta última y terrible plaga, Dios ordenó que tomaran la sangre de un cordero y rociaran con ella los postes y el dintel de las puertas de entrada a sus hogares.

—»La sangre servirá para señalar las casas donde ustedes se encuentren—» —les aseguró—, —»pues al verla pasaré de largo».

Todos los que creían que Dios estaba con Moisés, obedecieron la orden. Tomaron un cordero o un cabrito, lo sacrificaron, y pintaron con su sangre los postes y el dintel de las puertas de entrada. Al ponerse el sol aquella tarde, cada familia que confiaba en Dios mató un corderito y roció su sangre en los postes de la puerta.

Por todas partes, los hombres y las mujeres se preguntaban entre sí: ¿Has rociado tú los postes de la puerta de tu casa?» Y si un hogar no tenía sangre en su entrada, los vecinos golpeaban a la puerta y los instaban: «¡No olviden la sangre!»

¡Qué espectáculo original debe haber sido aquel! Cada familia había salido al frente de su casa, el padre sostenía en una mano el recipiente con la sangre mientras con la ramita de hisopo que tenía en la otra salpicaba un poste, luego el otro y finalmente el dintel. En cada caso, el observador más interesado y atento era el hijo mayor — el primogénito—, porque su propia vida estaba en juego. Tal vez él mismo ayudaba a su padre, y se debe haber asegurado de que la tarea estuviera bien hecha.

Es posible que haya habido algunos que se preguntaran: «¿Para qué vamos a tomarnos la molestia de untar con sangre los postes de la puerta? No vale la pena». Si razonaron así y no cumplieron con la orden divina, pronto conocieron los resultados.

Miles de corderos fueron sacrificados aquella última tarde que Israel pasó en Egipto. Cada uno de esos animalitos era un símbolo de Jesús, el «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». La sangre con que se habían untado los postes era también un símbolo de la sangre de Jesús que sería «derramada por muchos», y que «nos limpia de todo pecado».

Cuando nosotros, como los hebreos en Egipto, obedecemos la palabra de Dios y hacemos lo que él nos pide; cuando aceptamos a Jesús corno nuestro Salvador y, por así decirlo, untamos con su sangre los postes y el dintel de la puerta de nuestro corazón, entonces él perdona nuestros pecados y en el día del juicio «pasará de largo» sin castigarnos. Esto es lo que quiere expresar el apóstol Pablo cuando dice: «Porque Cristo, nuestro Cordero pascual, ya ha sido sacrificado».

¿Qué hicieron los israelitas con el cordero cuya sangre había servido para untar los postes? Lo asaron y toda la familia comió de él. Pero lo comieron «de prisa», mientras cada uno estaba completamente vestido, listo para salir en cualquier momento.

Dudo que alguien haya podido dormir esa noche. Tal vez los egipcios hayan dormido una hora o dos, pero no así los hebreos. Los padres y las madres estaban demasiado ocupados en preparar las cosas para emprender el largo viaje que les aguardaba. Y los niños estaban demasiado nerviosos como para conciliar el sueño. Todos deben haber estado aguardando ansiosamente la señal para iniciar la marcha. Y aunque estaban cansados, no era esa una noche como para dormir.

De repente, un horrible clamor se alzó en el aire calmo de la medianoche. De todos los hogares egipcios salían los gritos de las mujeres aterrorizadas, mezclados con los lamentos de miles de personas que lloraban a sus muertos. Los egipcios, que habían matado a tantos niños hebreos, sentían ahora en carne propia lo que significa perder un hijo.

«A medianoche el Señor hirió de muerte a todos los primogénitos egipcios, desde el primogénito del faraón en el trono hasta el primogénito del preso en la cárcel, así como a las primeras crías de todo el ganado».

Esta era la última y más terrible de todas las plagas, y fue la única que pudo humillar al faraón. La Biblia dice que «todos en Egipto se levantaron esa noche, lo mismo el faraón que sus funcionarios, y hubo grandes lamentos en el país. No había una sola casa egipcia donde no hubiera algún muerto. Esa misma noche mandó llamar el faraón a Moisés y a Aarón, y les ordenó: ‘¡Largo de aquí! ¡Aléjense de mi pueblo ustedes y los israelitas! ¡Vayan a adorar al Señor, como lo han estado pidiendo! Llévense también sus rebaños y sus ganados, como lo han pedido, ¡pero váyanse ya, que para mí será una bendición!’ «.

Con la muerte presente en cada hogar de Egipto, la gente no tenía muchos deseos de retener por más tiempo a los hebreos. Al contrario, querían que se fueran en seguida. «El pueblo egipcio, por su parte, instaba a los israelitas a que abandonaran pronto el país». En su ansiedad, hasta les dieron más plata, oro y ropas para que se marcharan cuanto antes. Y todo lo que los hebreos les pedían, ellos les daban. La Biblia dice que «los israelitas despojaron por completo a los egipcios».

Esa noche la promesa que Dios le había hecho a Abram se convirtió en realidad. Muchos años antes, el Señor le había prometido a su fiel siervo que, después de cuatrocientos años, sus descendientes serían liberados de la esclavitud en Egipto. Ahora había llegado el día y los israelitas estaban otra vez libres. Ahora podían regresar a la tierra de donde habían venido y que habían soñado durante tanto tiempo.

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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Norma Jeronimo & Miguel Miguel

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