¿SABES cuánta distancia hay desde el monte Sinaí hasta el S límite de Canaán? ¡Menos de 240 kilómetros! Si hubieran podido avanzar por una buena carretera moderna que atravesara el desierto en aquellos días —que no existía— y si Israel hubiera tenido unos pocos cientos de camiones —que no poseían—, podrían haber hecho ese viaje en cuatro o cinco horas.
Aun al ritmo en que iban —avanzando tan solo al paso del más pequeño cordero, o del niño de menos años, o del burro más obstinado—, la caravana estaba a solo once días de camino.
De manera que no pudo haber transcurrido mucho tiempo desde que se presentó el problema de las codornices, y la dificultad incluso peor entre Moisés, Aarón y Miriam, hasta el momento en que se acercaron a la tierra de sus sueños. Allí, por fin, precisamente unos quince meses después de su gran liberación de Egipto, observaron por primera vez las verdes colinas y los fértiles valles de su futuro hogar.
¡Cuán entusiasmados se sentían todos! Puedo imaginarme a las madres abrazando a sus hijos, gozosas con solo pensar que los días difíciles del desierto, con todo su calor, su sed y su cansancio, terminarían pronto. Los muchachos y las niñas gritaban de alegría al observar la tierra donde «abundan la leche y la miel», de la que habían oído hablar a sus padres. ¡Imagina! ¡Toda la leche que podían beber! ¡Toda la miel que quisieran comer! ¡Qué país debía ser ese!
Entonces, llegó la orden de que todos permanecieran en el campamento mientras 12 hombres, uno de cada tribu, se adelantarían a explorar el país, a fin de descubrir qué se debía hacer para tomar posesión de él. Estos hombres debían recorrer toda la región para investigar cuánta gente vivía allí, cuán sólidamente estaban fortificadas las ciudades, qué clase de alimento cultivaban y si había árboles para construcción.
Era un gran honor ser escogido para esa misión. Cada tribu envió a su mejor hombre, un líder en Israel. De ellos dependía mucho, ¡más de lo que se imaginaban!
La tribu de Judá enviado a Caleb, y la tribu de Efraín a Josué. Había otros 10, cuyos nombres no menciona la Biblia ni nadie recuerda hoy.
Cuando los 12 se dispusieron a partir, muchos fueron a decirle adios y expresarle buenos deseos. Entonces, cuando el Último había desaparecido de la vista, el resto regresó a sus tiendas para esperar el regreso de los espías.
Pasó una semana. Dos semanas. Tres semanas. Ni una noticia. ¿Qué podría haber ocurrido? Los 12 hombres, ¿habían sido muertos por los cananitas? Cuatro semanas. Cinco semanas… ¡Cuán largo parecía el tiempo de espera! Por fin, cuarenta días después de haber salido, regresaron.
Todos venían cargados con varias clases de frutas. ¡Y cuán buenas deben haberles parecido a quienes habían vivido durante tanto tiempo en el desierto! Pero lo que llamó la atención de todos fue un enorme racimo de uvas, tan grande, que se necesitaban dos hombres para llevarlo. Si este era el producto de Canaán, ¡qué maravilloso debía ser!
Los espías dijeron que nunca habían visto un país semejante.
—»Fuimos al país al que nos enviaste, ¡y por cierto que allí abundan la leche y la miel! Aquí pueden ver sus frutos».
Las personas escuchaban tan felices, que lucían una sonrisa de oreja a oreja. Todos querían ir inmediatamente a Canaán.
Entonces aparecieron las malas noticias:
—»Pero el pueblo que allí habita es poderoso, y sus ciudades son enormes y están fortificadas. Hasta vimos anaquitas allí».
Cuando algunos de los espías continuaron diciendo cuán fuerte era el pueblo de Canaán y cuán difícil sería quitarles la tierra, el corazón de los israelitas desfalleció. Fue un golpe muy duro para ellos.
Creían que todo sería fácil, así como había caído el maná y como el viento había traído las codornices. Pero esto era terrible. Nuevamente comenzaron a murmurar y a quejarse.
Sin embargo, «Caleb hizo callar al pueblo ante Moisés, y dijo:
—»Subamos a conquistar esa tierra. Estoy seguro de que podremos hacerlo».
Esa era una declaración valiente en un momento como ese, porque todos los demás —o casi todos— estaban contra él. Los otros 10 espías clamaron:
«—No podremos combatir contra esa gente. ¡Son más fuertes que nosotros!»
Eran 2 contra 10, y el pueblo creyó a los 10. Sus esperanzas se desvanecieron y se entregaron a la desesperación. «Aquella noche toda la comunidad israelita se puso a gritar y a llorar».
A la mañana siguiente todos estaban de mal humor, furiosos contra Moisés y contra Dios, y completamente rebelados.
—»¡Cómo quisiéramos haber muerto en Egipto! ¡Más nos valdría morir en este desierto! —exclamaron.
Y algunos hasta llegaron a decir:
—»¡Escojamos un cabecilla que nos lleve a Egipto!»
La frustración que sufrieron era más de lo que podían soportar. Pero en ese momento, Caleb y Josué se pusieron en pie delante de la multitud enfurecida y exclamaron:
—»La tierra que recorrimos y exploramos es increíblemente buena. Si el Señor se agrada de nosotros, nos hará entrar en ella. ¡Nos va a dar una tierra donde abundan la leche y la miel!»
—¡Apedréenlos! ¡Apedréenlos! —gritó entonces el pueblo.
Pero no se arrojó una sola piedra. Repentinamente, la gloria del Señor apareció en el tabernáculo y la enfurecida muchedumbre enmudeció. Israel aguardó, avergonzado y atemorizado, para escuchar lo que Dios iba a decir.
No tuvieron que esperar mucho tiempo. Pero cuando Dios habló, se dieron cuenta de su terrible equivocación.
Habían dicho que deseaban haber muerto en el desierto. Muy bien, dijo el Señor, tendrán lo que desean.
—»Aunque vieron mi gloria y las maravillas que hice en Egipto y en el desierto, ninguno de los que me desobedecieron y me pusieron a prueba repetidas veces verá jamás la tierra que, bajo juramento, prometí dar a sus padres.
¡Ninguno de los que me despreciaron la verá jamás! En este desierto perecerán. ¡Morirán aquí mismo!»
¡De vuelta al desierto! ¡Se quedarían fuera de Canaán para siempre! ¡Qué aflicción! ¡Qué precio terrible debían pagar por no haber confiado en Dios!
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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
