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«El Señor es bueno; es un refugio en horas de angustia: Protege a los que en él confían» (Nahúm l: 7).

Cuando llegaron tiempos de gran crisis, aquel hombre perdió su empleo. El dueño del molino no podía pagar el salario de tantos empleados como tenía, por eso se vio forzado a despedir a unos cuantos. Entonces, los compañeros y amigos de aquel hombre, se preguntaban si él y su familia lograrían sobrevivir ahora que no tenía empleo. Sin embargo, hubo algunos que comenzaron a burlarse de él.
—Así que Dios proveerá, ¿eh? Pues no parece que esté proveyéndote —le decían.
El, aunque triste por su situación, daba gracias a Dios y repetía: «Dios proveerá».
Uno de aquellos días, él apenas tenía un mendrugo de pan que llevarse a la boca. Y unos jovencitos, que lo vieron en la calle comiéndose aquel pan, le tiraron un cuervo muerto, diciéndole:
—Toma, Dios proveerá, cómete este cuervo con tu pan.
El, con lágrimas en los ojos, tomó el cuervo y, al pasarle la mano por el buche, notó algo duro: Era una cadena de oro. Fue a ver a un joyero, y le contó cómo la cadena había llegado a sus manos. El joyero le preguntó si estaría dispuesto a devolverla al dueño, si supiese quién era. «Por supuesto que sí», dijo él. La cadena pertenecía a la esposa del dueño del molino que lo había despedido a él.
El dueño del molino quedó maravillado de la honradez de aquel hombre, que a pesar de su pobreza y de haber sido despedido por él, le había devuelto la cadena. Le dijo que siempre necesitaba hombres honrados, y le devolvió su empleo.
Así funcionan las cosas cuando uno tiene confianza en Dios. El resuelve los problemas de maneras increíbles. Confía en él.
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Menores 2017
“SALTA”
Por: Patricia Navarro de Márquez.