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Notas de Ellen G. White 2024

Señales que indican el camino

 

Como quien conoce el tema, Juan atribuye todo poder a Cristo y habla de su grandeza y majestad. Hace refulgir rayos divinos de preciosa verdad como la luz del sol. Presenta a Cristo como al único Mediador entre Dios y la humanidad.

La doctrina de la encarnación de Cristo en carne humana es un misterio, “el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades”. Colosenses 1:26. Es el grande y profundo misterio de la piedad. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”. Juan 1:14. Cristo tomó sobre sí la naturaleza humana, una naturaleza inferior a su naturaleza celestial. No hay nada que demuestre tanto como esto la maravillosa condescendencia de Dios. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito”. Juan 3:16. Juan presenta este admirable tema con tal sencillez que todos pueden captar las ideas expuestas y ser iluminados (Mensajes selectos, t. 1, pp. 289, 290).

Lo que el habla es para el pensamiento, así lo es Cristo para el Padre invisible. Es la manifestación del Padre, y es llamado el Verbo de Dios. Dios envió a su Hijo al mundo, su divinidad revestida de humanidad, para que el hombre llevara la imagen del Dios invisible. Dio a conocer con sus palabras su carácter, su poder y majestad, la naturaleza y los atributos de Dios.

Como legislador, Jesús ejercía la autoridad de Dios; sus órdenes y decisiones eran apoyadas por el Soberano del trono eterno. La gloria del Padre era revelada en el Hijo. Cristo puso de manifiesto el carácter del Padre. Estaba tan perfectamente relacionado con Dios, tan completamente imbuido de su luz, que el que había visto al Hijo, había visto al Padre. Su voz era como la voz de Dios… Dice: “Yo soy en el Padre y el Padre en mí”. “Y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Juan 14:11; Mateo 11:27; Juan 14:9 (That I May Know Him, p. 38; parcialmente en A fin de conocerle, p. 40).

Cada milagro que Cristo realizaba era una señal de su divinidad. Él estaba haciendo la obra que había sido predicha acerca del Mesías, pero para los fariseos estas obras de misericordia eran una ofensa positiva. Los dirigentes judíos miraban con despiadada indiferencia el sufrimiento humano. En muchos casos, su egoísmo y opresión habían causado la aflicción que Cristo aliviaba. Así que sus milagros les eran un reproche.

Lo que indujo a los judíos a rechazar la obra del Salvador era la más alta evidencia de su carácter divino. El mayor significado de sus milagros se ve en el hecho de que eran para bendición de la humanidad. La más alta evidencia de que él provenía de Dios estriba en que su vida revelaba el carácter de Dios. Hacía las obras y pronunciaba las palabras de Dios. Una vida tal es el mayor de todos los milagros (El Deseado de todas las gentes, p. 373).

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Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2024.
4to. Trimestre 2024 «TEMAS EN EL EVANGELIO DE JUAN»
Lección 01: «SEÑALES QUE INDICAN EL CAMINO»
Colaboradores: AURA HERRERA y Adriana Jiménez

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