«5 sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. 6 Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.» Génesis 3:5-6
DANDO Eva estaba allí parada, junto al árbol «del conocimiento del bien y del mal», escuchando las palabras aduladoras de la serpiente, entró la primera duda en su mente. Dios había dicho que, si ella comía de este árbol, moriría. Ahora, la serpiente dijo que no moriría. ¿Quién tenía razón? ¿Podría ser que Dios no le haya dicho la verdad?
Mientras meditaba en esto, la serpiente continuó con otro pensamiento diabólico. Dijo:
—»Dios sabe muy bien que, cuando coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios, conocedores del bien y del mal».
Así, sugirió que Dios había sido injusto con ella y con Adán, que se estaba guardando algo que les pertenecía a ellos. Además, había una astuta insinuación de que Dios estaba celoso de ellos, y temía que llegaran a ser tan sabios como él. Era muy infame y alevoso de parte de la serpiente decir esas cosas, cuando Dios había sido tan bueno con Adán y Eva. Pero Satanás es así. Siempre obra contra Dios, siempre sugiere cosas malas y aborrecibles, siempre trata de causar problemas y separar a los amigos.
Esa insinuación de que estaba a punto de conocer el «bien» y el «mal» despertó la curiosidad de Eva. Hasta ese momento, no tenía ningún conocimiento del mal. Incluso hasta debe haberse preguntado qué quería decir Satanás con esa palabra. ¿Qué era el mal? Entonces pensó que sería lindo descubrirlo.
Eso siempre es peligroso. Es el primer paso en la senda de los problemas y el dolor. Necesitamos estar siempre en guardia contra las insinuaciones de probar algo malo para saber cuál es la sensación o qué sabor tiene. No debiéramos procurar conocer el mal. Estamos mucho mejor sin ese conocimiento. Nadie tiene que poner la mano en un balde de alquitrán para saber que es negro.
Poco a poco, Eva se entregó a las trampas de Satanás. Primero, comenzó a dudar de la palabra de Dios. Luego, le pareció que no tendría mucha importancia si lo desobedecía. Entonces, estuvo lista para tocar la fruta prohibida.
Finalmente, la tentación ale más fuerte de lo que podía soportar. Extendió la mano, tomó una de las frutas y comió. El sabor era delicioso. Se preguntaba por qué había dudado tanto. Seguramente, la serpiente estaba en lo cierto, después de todo. Dios, posiblemente, no haya tenido intenciones de impedir que comiera una fruta tan buena como esta.
Juntó más y se las llevó a Adán, explicándole lo que había ocurrido, «y también él comió».
No dudo que él le haya dicho:
—Pero pensé que Dios nos dijo que no comiésemos esta fruta.
Y ella probablemente le haya respondido:
—Oh, está todo bien. La serpiente me dijo que no moriría y, como ves, no me pasó nada. Quizá Dios cometió un error.
Pero Dios no había cometido ningún error. Había tenido una buena razón para decirle a Adán y Eva que no comieran de aquel árbol. Era su forma de descubrir si realmente lo amaban. Les había dado mucho —todo lo bueno que se le pudo ocurrir—y anhelaba su amor a cambio. ¿Lo amaban realmente? ¿Lo amarían siempre? ¿Cómo podía estar seguro?
Hay una prueba de amor infalible, y es la obediencia. Si verdaderamente amamos a papá y a mamá, le obedeceremos gustosos.
Así fue que Dios les dijo a Adán y Eva que no comieran de ese árbol. Era una prueba sencilla. Si lo hubiesen amado sinceramente, con todo su corazón, no la habrían tocado. Entonces, Dios les hubiese permitido vivir para siempre. Al ver que lo desobedecieron y que comieron del árbol, supo que no podía con-fiar en ellos; así que tendrían que morir y volver al polvo del que los había tomado. Qué día triste fue aquel.
¡Cuánto había en juego en esa pequeña prueba! ¡Si tan solo lo hubiesen sabido!
Lamentablemente, no pasaron la prueba. Ambos. Y al mismo instante en que comieron la fruta, se dieron cuenta de que algo no andaba bien. Algo había salido mal. Por primera vez en su vida, estaban preocupados. ¿Qué pensaría Dios de ellos?, se preguntaban. ¿Qué les diría?
Entonces, se llenaron de miedo. Cuando el día se alargaba interminablemente y las sombras de la noche se prolongaban, cuchicheaban atemorizados. Toda la felicidad había desaparecido repentinamente de su vida. Por primera vez, se sentían tristes, miserables y desdichados. Ya no había más gozo para ellos en el Edén. Solo querían salir corriendo a esconderse.
¡Qué lástima! Pero ¿no es este el resultado de la desobediencia incluso hoy? Echa todo a perder, ¿verdad?
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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Noel Ramos & Miguel Miguel