«La voluntad de Dios es que sean santificados». 1 Tesalonicenses 4: 3, NVI
NUESTRA SANTIFICACIÓN es el objetivo que Dios busca en todo su trato con nosotros. Él nos eligió desde la eternidad para que fuéramos santos. Cristo se dio a sí mismo para lograr nuestra redención, para que mediante la fe en su poder para salvar del pecado pudiéramos ser hechos completos en él. Como cristianos hemos prometido cumplir la responsabilidad que nos encomendó y mostrar al mundo que estamos en una estrecha relación con Dios. Así Cristo puede ser representado y honrado mediante las buenas palabras y las obras de sus discípulos.
Dios espera de nosotros una perfecta obediencia a su ley. Esta ley es el eco de su voz que nos dice: «Santos, sí, siempre más santos». Deseemos la plenitud de la gracia de Cristo, sí, anhelemos con hambre y sed la justicia. La promesa es: «Serán saciados» (Luc. 6: 21, NVI). Que nuestro corazón se llene del anhelo de su justicia. […]
Dios declaró llanamente que espera que seamos perfectos, y debido a que espera esto, él hizo provisión para que seamos partícipes de la naturaleza divina. Solo así tendremos éxito en la lucha por la vida eterna. Se concede poder mediante Cristo. «Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1: 12).
El pueblo de Dios debe reflejar ante el mundo los brillantes rayos de su gloria. Pero a fin de hacer esto, deben colocarse donde estos rayos puedan iluminarlos. Tienen que cooperar con Dios. El corazón ha de ser limpiado de todo lo que conduce al mal. La Palabra de Dios se ha de estudiar con un sincero deseo de obtener de ella poder espiritual. El Pan del cielo se debe comer y asimilar hasta que llegue a ser una parte de la vida. Así obtenemos la vida eterna. Así se contesta la oración de Cristo: «Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad» (Juan 17: 17).
«La voluntad de Dios es que sean santificados» (1 Tes. 4: 3, NVI). ¿Es nuestra voluntad que nuestros deseos e inclinaciones sean puestos en armonía con la mente divina?— The Review and Herald, 28 de enero de 1904
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«NUESTRA ELEVADA VOCACIÓN»
Por: Elena G. de White
Colaboradores: Lety Aguilar & Martha González.

